El arma salida del sueño.

El arma salida del sueño

Haremos que nuestros mejores técnicos estudien el principio…

SE HA MANTENIDO UN RIGUROSO SECRETO

Debieron pensar que la presencia de un representante del ejército era indispensable. Me habían invitado tal vez porque yo dije un día —y lo habían repetido los periódicos— que no todos los políticos eran imbéciles y corrompidos. Quería decir que en mi opinión los que no eran imbéciles eran corrompidos y viceversa, pero no se interpretaron correctamente mis palabras. Sea como fuere, estaba allí, una hermosa mañana de primavera, y era el único de uniforme en medio de un océano de civiles. Los políticos se distinguían fácilmente de los científicos. Tratábase de una reunión científica y, por una vez, los políticos no parecían estar en lo suyo. El profesor Norwood, cuya fama era tan grande que hasta yo lo conocía, nos llamó a la realidad:
—Señores, y general Sands —dijo al tiempo que se volvía sonriendo hacia mí—, antes de pasar a la habitación de al lado, creó que conviene decirles unas palabras. Todos ustedes tienen idea de la importancia de la reunión. Algunos de ustedes saben más que yo de la obra que se realiza, pero hay otros —nueva sonrisa para mi— que se preguntan qué es lo que sucede. Ello es normal, ya que se ha mantenido un riguroso secreto por tratarse del arma más poderosa que haya existido jamás.
Debo confesar que me sentí desmoralizado. Se cree que a los militares les encanta hablar de nuevas armas, pero sólo los civiles pueden pensar eso. Para un jefe militar, un arma nueva es siempre inhumana, por necesaria que sea.
—Nuestras actuales investigaciones —prosiguió el profesor Norwood—, se iniciaron de manera muy extraña. Todo comenzó con una exposición de dibujos de Leonardo de Vinci. Al observarlos, no pude dejar de sorprenderme por lo que la obra de Leonardo tiene de anticipación. Había allí algo diferente y algo más de lo que se espera encontrar en un inventor. Un inventor común se inspira en lo que existió antes que él y lo desarrolla; descubre nuevas aplicaciones de las teorías existentes. Pero en los dibujos de Vinci vemos algo muy diferente. Piensen ustedes en su proyecto de submarino, en su autogiro, en su torre de tuercas... Hay en ellos una solución de continuidad en relación con los conocimientos de su época.
"Para explicarla, nos limitamos a decir que Leonardo era un genio. Pero la víspera del día en que concurrí a la exposición, había leído el libro de Dunne, una experiencia acerca del tiempo. Y se me ocurrió otra explicación. Ustedes saben que Dunne refiere en su libro la forma en que él y otros investigadores demostraron, basándose principalmente en el estudio de los sueños, la existencia de cierto conocimiento del futuro. Si se aceptan sus conclusiones, el tiempo se convierte en un factor variable, contrariamente a lo que se admite por lo general. Por consiguiente, el futuro ya no es un libro cerrado.

Mientras hablaba, el profesor Norwood miraba subrepticiamente a su alrededor. Entre quienes lo escuchaban había dos categorías: los que sabían y los otros. Los primeros estaban a punto de comerse las uñas. Seguramente se trataba de algo muy importante.
—Después de Dunne, vinieron los trabajos del doctor Soal, que estableció la existencia de premoniciones en una serie de individuos. Pero no quiero extenderme sobre estos hechos, pues sólo tienen importancia en la medida en que me permitieron encontrar súbitamente el eslabón que faltaba en mi razonamiento sobre Leonardo de Vinci. La clave del genio de Leonardo, ¿no sería simplemente eso: la premonición? ¿No es posible que Leonardo no haya hecho más que escuchar a través de las puertas del porvenir los ruidos de una fábrica del siglo xx?
El profesor Norwood volvió a mirarme.
—Vean ustedes las consecuencias. Recordé que yo hablaba exactamente en el mismo tono a los jóvenes tenientes del Staff College.
—Si Leonardo pudo apoderarse de los inventos que se harían cuatro siglos después de él, debe poder hacerse lo mismo en nuestros días. No cometamos el error de los contemporáneos de Leonardo ignorando las profecías que tenemos ante nuestros ojos. Actualmente, claro está, las armas nos interesan más que cualquier otro dominio técnico.
Se volvió hacia mí. Yo iba a preguntar si existía un solo período de la historia de la humanidad en que no se manifestara esa preferencia, pero luego pensé que plantear una pregunta de esa naturaleza revelaría sin duda falta de tacto.
—En lo referente al armamento, ustedes saben la importancia del problema. Históricamente, las nuevas armas han permitido a determinada nación tener hegemonía sobre otra y a otra quitársela. Hoy, por primera vez, tenemos la posibilidad de adelantarnos un siglo. Estaríamos en una posición inaccesible. En la actualidad, apenas llevamos una ventaja de cinco a diez años en la carrera de armas atómicas. Multipliquen ustedes esa ventaja por diez o veinte, y nuestra seguridad sería total. El profesor bebió un trago de agua.
—Bueno, eso en cuanto a la teoría. Ustedes querrán saber lo que se ha hecho prácticamente. Se necesitaba encontrar personas dotadas de ese poder profetice, aunque fuera en forma latente, y luego desarrollarlo. El gobierno —sonrió ligeramente al pronunciar estas palabras— nos ha ayudado no bien se convenció de que nosotros sabíamos de lo que hablamos. En las escuelas se cumple un programa de tests (intelectuales, caracterológicos, de aptitudes, etc.). Se nos permitió reemplazarlos por un test de nuestra invención, un test destinado a descubrir a los alumnos dotados de poderes sobrenaturales, lo que se llama el factor P. Hemos encontrado algunos. El factor variaba mucho en intensidad. Se resolvió que los niños que totalizaran los promedios más elevados en dichos tests obtendrían becas para una escuela creada especialmente para ellos. En dicha escuela, además de las disciplinas propias de un programa escolar común, se estudiaba la aptitud en P de los alumnos.
Hemos encontrado diferentes medios para desarrollar el factor P: régimen alimenticio, condiciones de vida, etc. El esfuerzo se concentró especialmente en los alumnos más dotados. Dos o tres de ellos dieron excelentes resultados desde un principio. Y esos buenos resultados paradójicamente pusieron en evidencia el problema más delicado: el de la selección adecuada. Teníamos una gran cantidad de materiales, pero no los que buscábamos. Un niño dotado para la música proporciona interesantes fragmentos de sonatas o sinfonías aún no compuestas, pero nada nos da en lo referente a la técnica. Era necesario encontrar uno que tuviese al mismo tiempo el factor y el don de las ciencias. No habíamos encontrado ninguno en la primera selección; fue necesario volver a las escuelas y recomenzar todo de nuevo.
Un político cuyo nombre yo ignoraba, interrumpió al orador:
—Profesor, quisiera formularle, como profano, una pregunta. ¿Cómo puede usted estar seguro de que los resultados obtenidos son realmente proféticos y no simplemente cosas imaginarias propias de todas las mentes infantiles?
El profesor señaló la carpeta que se hallaba sobre la mesa frente a él:
—Tengo aquí un texto —dijo— redactado durante el primer año; hace, pues, siete años.
Proviene de nuestros legajos. Se ha publicado hace tres meses, y sin embargo no lo comunicamos estrictamente a nadie: es un capítulo de una novela de éxito. Tal es la clase de pruebas de que disponemos. Pero volviendo a lo nuestro, se necesitaba encontrar pues la correcta combinación de factor P y don científico. Sólo lo conseguimos hace dos años. En el ínterin, proseguimos nuestras experiencias para detectar, dominar, domesticar ese famoso factor P. Hemos aprendido mucho acerca de él, lo suficiente para poder extraer su esencia. Por consiguiente, cuando encontramos la combinación ideal que buscábamos ya sabíamos cómo tratar el problema. La finalidad que nos habíamos propuesto era descubrir el plano de lo que será el arma más poderosa del mundo dentro de un siglo. Ello significaba que el niño debía aprender los elementos del diseño industrial. Además, era preciso orientarlo hacia el futuro inmediato. Hemos hecho ensayos para períodos comprendidos entre uno y diez años, y los resultados fueron excelentes. Descubrimos que si poníamos a los alumnos en estado de trance hipnótico era posible ordenarles descubrir determinado hecho preciso en determinado momento del futuro y que... ¡ellos siempre obtenían lo que les pedíamos!
—Señores —dijo—, nuestros trabajos deben culminar hoy. Creemos tanto en ellos que los hemos invitado aquí para participar de estas exitosas experiencias. Desde hace una hora, se halla en la habitación vecina el niño Rudolf Leiton, puesto en estado de trance con la orden de dibujar el plano detallado del arma que dominará al mundo en 2064. Ahora vamos a ver el resultado.

Alguien habló de "subterfugios". El profesor levantó la mano:
—No se preocupen. Recuerden lo que buscamos. Mentes lúcidas necesitarán meses para comprender totalmente lo que vamos a ver ahora. Sólo se trata de una especie de inauguración oficial. ¿Están ustedes dispuestos a acompañarme?
Todos asintieron. El profesor Norwood bajó del estrado y pasó en medio de nosotros dirigiéndose hacia la puerta situada en el extremo de la habitación.
Al pasar frente a mí, me hizo un amable signo con la cabeza:
—No hay duda de que esto lo dejará sin trabajo, mi general, a usted y a sus colegas. Usted no me aprecia, ¿verdad?
—Nada de eso, profesor; coincido con usted.
Pero me temo que ni usted ni yo tengamos mucha participación en esas cosas.
—¡Oh! sí —dijo—. Los generales necesitan que las fuerzas en pugna sean prácticamente equilibradas. ¡Ahora usted no tendrá otro remedio que renunciar y alistarse en la policía!
Lo seguí viéndome de pronto dirigir el tránsito. Debido al apresuramiento de los presentes, fui el último en llegar a la pieza de al lado. Había allí una mesa grande con hojas de papel de dibujo; en el extremo opuesto un niño —no me había imaginado que fuera tan pequeño—, acurrucado y dormido.
El profesor Norwood se acercó a él.
—¡Despiértate —dijo—, despiértate, Rudolf!
El niño se despertó, levantó la cabeza y miró atónito a todas las personas que se hallaban allí. Pero ellas no se interesaban en él; se apiñaban frente a la mesa para ver las hojas de dibujo. El niño se incorporó y se alejó de allí sin que nadie se preocupara por eso. Pasó cerca de mí. Le di unas golosinas que tenía en mis bolsillos. Luego me acerqué a las otras personas. Había un dibujo, desde luego. Un dibujo impecable. Todos lo observaban pero nadie tenía la menor idea de lo que ese dibujo podía ser.
El profesor Norwood se inclinó sobre él un buen rato y luego dijo:
—Esto exigirá trabajo, pues como dije antes, no puede comprenderse el principio a primera vista. Recurriremos a nuestros mejores técnicos.

El político que había intervenido momentos antes volvió a hablar:
—Me pregunto... Me parece que todo este asunto ha constituido un enorme derroche financiero. No soy un especialista, pero no afirmaría con certeza que este es el plano del arma más poderosa del año 2064.
El profesor quiso protestar:
—Para mí, sí.
Todos se volvieron hacia mi. El político tan escéptico comenzó a sonreír.
—Usted no quiere decir, general —dijo el profesor—, que sabe lo que es esto.
—Si —dije—, la mejor arma del mundo dentro de un siglo.
Comencé a ponerme los guantes, pues ya no había razones para permanecer allí.
 

—Es un dibujo muy bueno, muy bueno... de una ballesta.

JOHN CHRISTOPHER.