El beso del dios negro

El beso del dios negro

Cuento fantástico de C. L. Moore

 
Todo hombre mata lo que ama y sin embargo él mismo no muere.   OSCAR WILDE.
 
 
EL PRECIO QUE HAY QUE PAGAR AL DEMONIO
 
Llevaron entre dos soldados a la castellana de Joiry, con las manos atadas, Atravesaron la galería del castillo, zigzagueando entre montones de cadáveres. Dos veces resbalaron sobre charcos de sangre. Cuando se detuvieron frente al caballero con armadura, que había ganado la batalla, la castellana blasfemaba con furia y desesperación y los denuestos que profería parecían amplificados por la resonancia del casco.
El vencedor, que se llamaba Guillermo, se inclinó hacia adelante, apoyado sobre la espada, con las dos manos cruzadas sobre la empuñadura. Era de alta talla, y su armadura, salpicada de manchas de sangre, hacíalo parecer aun más alto. Su rostro, de dura expresión, estaba surcado de cicatrices, y la mueca de una risotada burlesca cortaba en dos su breve barba, Era ostentoso y temible. Dijo con voz profunda y lenta:
—Quitad el carapacho a esta langosta. Vamos a ver la cara del que nos ha librado tan duro combate; quitadle el casco—. Fue preciso llamar a un tercer soldado para cortar los barboquejos del casco de acero; al rodar éste por el suelo, provocó en Guillermo un anatema de estupor, que hizo resaltar la blancura de sus dientes. Sostenida por sus dos guardianes, la dama de Joiry los miraba, con sus rojizos cabellos enmarañados y las pupilas amarillas como las de un león embravecido.
—¡Dios te maldiga! —rugió la dama de Joiry—. ¡Que Dios maldiga tu negro corazón!
Guillermo apenas si la oyó. Sus ojos estaban desmesuradamente abiertos, lo que ocurría a la mayor parte de los hombres que veían por primera vez a Girel de Joiry. Era de gran estatura y tan feroz como cualquier hombre de su tiempo. El rostro que surgía de la armadura no hubiera sido hermoso con un acicalado peinado de dama, pero en su marco de hierro y acero tenía la belleza del filo de una espada.
Guillermo, finalmente, estalló:
—¡Por los clavos del Señor! Este sí que es un buen obsequio para un soldado. ¿Qué es lo que ofreces para que te salven la vida?
La castellana le espetó un denuesto obsceno.
—Palabras tan amargas en una boca tan linda... Pero apuesto a que tu boca es más dulce que tus palabras.
Girel hundió el escarpe de su armadura en el tobillo de un guardia y, mientras éste gritaba de dolor, propinó al Otro un rodillazo en el vientre. Había dado tres pasos hacia la puerta antes de que Guillermo tuviera tiempo de alcanzarla. Colocó él un puño debajo de su mentón, levantándole la boca. Las injurias cesaron.
—¡Santo cielo! Tiene uno la impresión de besar una espada —dijo Guillermo.
Girel volvió la cabeza hacia un costado, como
serpiente que ataca y le clavó los dientes en el cuello. Por una fracción de pulgada erró la vena yugular. Guillermo la separó de su cuello y le golpeó con la mano que no tenía guante de acero. La dama cayó desvanecida sobre el piso, abriendo luego, en las tinieblas, sus ojos amarillos. Permaneció sosegada durante un instante, reuniendo sus dispersos pensamientos. Comprendió que se encontraba en una de las pequeñas celdas del torreón, que recorrió en seguida, hallando un taburete de madera.
El centinela recordó más tarde haber oído los más aterradores llamados de auxilio que jamás habían resonado en el castillo y que después de haber desechado el cerrojo de la puerta recibió un golpe certero en el cráneo. Girel descendió las gradas para volver a subirlas, en dirección a la torre del norte. Iba a la capillita; estaba segura de que encontraría al padre Gervasio. El sacerdote estaba arrodillado frente al altar y se puso de pie.
—Hija mía —murmuró—, hija mía... ¿Cómo os habéis escapado? ¿Debo conseguiros un caballo? Si lográis atravesar el cordón de centinelas podréis alcanzar el castillo de vuestro primo antes del amanecer.
Lo hizo callar con un movimiento de mano.
—No —le dijo—. No es afuera donde quiero ir esta noche. El viaje que pienso emprender es muy peligroso. Dadme la absolución; voy al infierno para rogar al diablo que me dé un arma. Es posible que no regrese.
El padre Gervasio posó una mano temblorosa sobre el hombro de Girel.
—¡Miradme! —le dijo—. ¿Sabéis lo que decís? Queréis... ir...
—Allá —contestó ella con firmeza—. Vos y yo, padre, somos los únicos que conocemos este pasaje y ni siquiera estamos seguros del lugar donde conduce. Pero quiero un arma contra ese hombre.
—Si creyera yo realmente en vuestro propósito, despertaría yo mismo a Guillermo para entregaros a él —murmuró el cura—. Esto sería mucho mejor para vos. ¡Reflexionad, Girel! Para la vergüenza que Guillermo quiere infligiros existe el perdón, y, si morís después, las puertas del Cielo os serán abiertas. ¡Mas esto es otra cosa, Girel! ¡ Girel! ¡Jamás, en toda la eternidad, podréis salir, ni en cuerpo ni en alma, si vais... allá!
Alzando los hombros, la dama dijo:
—Para vengarme de Guillermo estoy dispuesta a quemarme para siempre en el infierno.
—Girel, ¿es que no comprendéis? Ese camino es peor que las más recónditas profundidades de las llamas infernales.
—Lo sé, pero el arma que necesito sólo puede hallarse aventurándose allende el dominio de Dios.
—Girel, no hagáis eso.
—Gervasio, iré; dadme la absolución.
—Sois mi Dama y debo obedeceros. Os daré la bendición de Dios que de nada os servirá allá.
Girel regresó al torreón y buscó en el suelo el aro negro. Con el tacto halló el anillo compuesto con el metal más frío y más dúctil que hubiera conocido jamás. No hubiera sabido cómo llamarlo. La luz del día nunca había hecho brillar ese metal. Tiró de él y poco a poco se levantó un disco, descubriendo el pasaje. Penetró en él espada en roano. El pasaje no había sido concebido para permitir un propósito determinado. Era un túnel estrecho, bruñido y reluciente que se enroscaba sobre sí mismo como un tirabuzón.
Girel no se preguntaba qué criaturas habían utilizado ese túnel ni para qué fin podían haberlo hecho. Pensaba solamente que ese suelo había sido hollado por demonios, antes que el hombre, y que el mundo era muy viejo. Resbalaba a lo largo de las espirales y un vértigo intenso se apoderó de ella. Nunca había estudiado geometría ni tampoco ninguna otra ciencia, pero intuía que las curvas y los ángulos del camino que seguía no se asemejaban a ninguna otra curva ni a ningún otro ángulo. Conducía hacia lo desconocido y hacia las tinieblas, pero ella sentía confusamente que se dirigía hacia un misterio y una oscuridad ubicados más allá del universo físico, como si las curvas y los ángulos del túnel hubiesen sido cuidadosamente calculados para viajar en un espacio de varias dimensiones a la vez que en el tiempo.
Más abajo, más abajo aún. Deslizábase rápidamente, pero más o menos sabía cuánto habría de durar el descenso. En el primer viaje, ella y el padre Gervasio trataron de volver atrás La tentativa era irrealizable. Una vez iniciada la marcha ya no era posible parada alguna. Cuando quisieron detenerse, los átomos de sus propios cuerpos se opusieron. Por el contrario, la ascensión del regreso no fue difícil. Imaginaban que tendrían que trepar a lo largo de curvas interminables, pero, de manera extraña, la espiral desafiaba la gravedad. El descenso llegó a su fin. El padre Gervasio y Girel habían llegado hasta allí. El cura se había adelantado un poco más, dejándola rezagada —la castellana era más joven y más obediente—, y retrocedió, con el rostro macilento que se destacaba al resplandor de su antorcha.
Esta vez, Girel prosiguió adelantando camino. Las tinieblas movíanse delante de ella. Una suerte de negro ciclón la envolvió, sacudiéndola bruscamente. Miles de voces quejumbrosas gritaban a sus oídos durante la noche. Y el singular torbellino cesó. Necesitó cinco minutos para recobrar sus fuerzas. Sus dedos tocaron a tientas, sobre el suelo, una huella inmensa: una huella de tres dedos, como la de un sapo, pero mucho más grande, que estaba aún fresca. Prosiguió avanzando y salió.
El mundo en el cual se introducía era insólito. Sintió que se hallaba fuera del túnel, aunque nada vio. Ya no eran las tinieblas, sino el vacío. Amplios abismos se abrían a su alrededor y algo le oprimía dolorosamente la garganta. Tuvo una sonrisa siniestra, pues comenzaba a comprender. ¡El Crucifijo! Con una mano vacilante lo desprendió del cuello y lo arrojó al suelo. Luego se le cortó el aliento.
Con el mismo repentino azoramiento con que se despierta de un sueño, habíase desplegado al vacío absoluto, la nada, al par que había surgido un horizonte. La mujer se hallaba de pie, sobre una colina, bajo un cielo colmad? de estrellas extrañas. A sus pies, divisaba valles y planicies y en lontananza perfilábanse montañas. En el firmamento, ni una sola constelación era reconocible, y cuando pudo percibir ciertos planetas por sus destellos más brillantes, no eran sino planetas misteriosos, violetas, verdes O amarillos. Uno de ellos era de color de púrpura, como llama atizada. A lo lejos veía también una poderosa columna de luz, que no iluminaba las tinieblas que la rodeaban. No proyectaba sombra alguna. Era simplemente un gran pilar de luz, semejante a una elevada torre, erecta en medio de la noche. Pareciole artificial, construida quizás por la mano del hombre, si bien no podía esperar que hubiese hombres en esos confines.
Se había preparado para caminar por los ardientes afirmados del infierno, que los sacerdotes le habían descrito en detalle, desde su infancia. Se sintió sorprendida e inquieta. Los arquitectos y constructores del túnel no podían haber sido seres humanos. Dejola estupefacta el descubrir un cielo tan profusamente estrellado, en el suelo. Sin embargo, era lo suficientemente inteligente como para comprender que, cualquiera que hubiese sido el medio por el que había llegado allí, ya no estaba más sobre la tierra. Ningún abismo terrestre podía contener un cielo estrellado. Su mundo era crédulo y aceptó su nueva ornamentación sin hacerse muchas preguntas. Avanzó hacia la columna de luz; caminaba rápida y fácilmente. Atravesó dos torrentes que parecían hablar, pero cuyo murmullo en nada se asemejaba a los torrentes terrestres. Franqueó luego una puerta de tinieblas, como si se hubiese tratado de un orificio vacío en el aire y emergió de allí, restregándose los ojos. Llegó, al fin, hasta la torre de luz, que estaba rodeada por una marisma. Acercose a ella un ser fantástico: una mujer en cuclillas, de andar agazapado y que daba saltos como un sapo, cuyo rostro carecía por completo de vida.
Anduvo los últimos metros que la separaban de la torre de luz. Pudo ver que se trataba de un edificio, compuesto de luz. No podía comprender lo que veía, pero lo veía. La columna estaba formada por efluvios de luz, con límites bien definidos que no irradiaban destellos. Al aproximarse aun más vio que la luz se movía, brotando de alguna fuente subterránea, como si fuera un manantial bajo presión. Presintió que aquello era luz.
Los detalles del edificio aparecían ahora con gran nitidez. Grandes pilares y un pórtico inmenso, todo hecho de luz fulgurante. Se dirigió al pórtico pues barruntaba que no podía atravesar el muro de luz, aun teniendo la audacia de intentarlo. Ya junto al umbral, miró a su alrededor, aterrada por las gigantescas dimensiones del edificio. El interior era un vestíbulo liso, como la superficie cóncava de una burbuja, pero tan inmensa que la curvatura apenas si era visible. En el centro flotaba una luz radiante. Girel cerró un ojo: un fulgor, flotando en una burbuja de luz, ¡con el brillo de una llama que parecía viva! Vaciló la castellana, sobre el umbral del pórtico. En ese momento la luz se modificó. Se tornó rosa y luego rojo sangre. Después también cambió de forma, asumiendo la forma humana, de una mujer con armadura, con cabellos rojizos.
—Bienvenida —gritó la Girel suspendida en el centro del globo, emitiendo una voz profunda, resonante y clara.
Girel, en la puerta, retuvo el aliento, maravillada y aterrada a la vez: la imagen era ella misma, a excepción de la voz.
—Entra, entra —dijo la burlesca voz.
—Entra —repitió la voz, pero esta vez con la inconfundible entonación de una orden.
Girel comprendió intuitivamente que contenía una advertencia. Se quitó la daga que llevaba en la cintura y la arrojó sobre el piso del vestíbulo. El puñal golpeó contra el suelo sin emitir el más leve sonido y desapareció.
La otra Girel hizo oír una risotada malévola:
—Quédate afuera. Eres más inteligente de lo que hubiera creído. ¿Qué buscas aquí?
—Busco un arma; un arma contra un hombre que odio a tal extremo que ninguna arma de la tierra es bastante terrible para él.
—¿Lo odias verdaderamente?
—¡Con toda mi alma!
—¿Con toda tu alma? —respondió la voz como un eco, luego de lo cual echó a reír.
Los ecos de esta risa resonaron en la superficie interna del globo de luz.
Cuando fueron acallados, la voz dijo:
—Da a ese hombre lo que encuentres en el templo sobre el lago: es un obsequio que te hago.
Y la imagen se esfumó. Otra vez una luz intensísima y fascinante, carente de forma, brilló en el centro de la burbuja. Girel dio media vuelta. Se dijo a sí misma que no tenía medio alguno de llegar al lago donde se hallaba el regalo. Recordó también que no había que aceptar el presente de un demonio. Era preciso comprarlo o ganarlo, pero nunca aceptarlo como un obsequio. Poco importaba: ciertamente había sido condenada por haber salido del dominio de los dioses y el alma sólo puede perderse una sola vez. Volvió a levantar los ojos y dirigió la mirada hacia las extrañas estrellas. Una de ellas cayó y Girel advirtió en ella un signo. Se encaminó hacia la dirección indicada. Cayeron otras dos estrellas, brindándole una suerte de confirmación. Volvió a atravesar el torrente.
A la distancia vio algo que brillaba. Era un pálido y vago fulgor. En la esperanza de que fuese un lago, aceleró la marcha. Y así lo era, en realidad; un lago que sólo podía existir en un infierno oscuro como ése. El agua, que resplandecía con una luz negra, fluía dulcemente. Una quinta estrella cayó del cielo para ir a fijarse en las profundidades del lago. Comenzó entonces a buscar el templo.
Divisó algo oscuro en el centro del lago. La imagen se iba haciendo cada vez más nítida a medida que sus ojos se familiarizaban con el ambiente; era un arco de tinieblas, posado sobre el fondo estrellado del agua. Esto podía ser un templo. Se adelantó y se tambaleó pues algo le había obstruido el paso en la hierba, algo sólido pero invisible, un vacío, una tiniebla en las hierbas. Ese algo asumía la forma de una grada de escalinata y la castellana comprendió que se trataba del comienzo de un puente, un puente hecho de la nada y que se combaba por encima del lago.
Caminó a lo largo del puente, esforzándose por no mirar, pues las estrellas de arriba y las de abajo le infundían vértigo. El puente convergía en una entrada de un recinto imposible de definir o describir en cuyo centro se encontraba una imagen. Una imagen hecha con una materia negra, pero de un negro visible en la oscuridad. Era una figura semihumana, agazapada, con la cabeza inclinada hacia adelante, asexual y extraña. Tenía un solo ojo, cerrado, en medio de la frente, y una boca entreabierta como si estuviera dispuesta para el beso. A Girel pareciole que una fuerza superior, que no podía reprimir, la impulsaba hasta que sus propios labios tocasen los de la imagen. Merced a la unión de este beso —una mujer de sangre caliente y una imagen fría, hecha con un material sin nombre—, algo se introdujo en "su alma, algo que en lo sucesivo incidiría sobre ella como un peso frígido, como una burbuja que contenía algo extraño y amenazador. Huyó entonces, acosada por el demonio que estaba en ella. Ganó la puerta del túnel y franqueó nuevamente la extraña espiral. Se había mordido los labios y, cuando volvió a salir, su belleza, que se asemejaba a la de una hoja de acero, surgió mancillada. Al verla, el padre Gervasio se persignó.
Un grupo de personas la aguardaba con ansiedad: el sombrío sacerdote, Guillermo, espléndido a la luz de las antorchas, arrogante, destacando su alta talla, y cierto número de gentes de armas, visiblemente molestas. Vio a Guillermo y se dirigió hacia él. Tenía ganas de desplomarse, de desfallecer, de morir, de desaparecer en el frío que estaba dentro de sí misma. Mas se sintió impulsada por su odio.
Guillermo la asió fuertemente, mientras ella escuchaba su maléfica risotada triunfal, en el preciso instante en que llevaba la boca sobre la suya. Fue un beso prolongado, y Girel sintió que se le escapaban las fuerzas desconocidas de que estaba imbuida. Miró entonces a Guillermo y vio en él algo frío y extraño que invadía lentamente su cuerpo y su alma. Una emoción imposible de mencionar, una emoción que jamás había sido creada para la carne y la sangre, una desesperación de acero que sólo hubiera podido experimentar algún ser llegado del espacio sin límites.
Entonces, se operó con lentitud en Guillermo una transformación física; su rostro se retorció, sumido en agonía, y un grito postrero surgió de su garganta. Luego, se desplomó sin vida.
Girel comprendió en seguida, con la velocidad de un relámpago, lo que había hecho. Comprendió por qué siempre había pensado en Guillermo con tanta violencia. Comprendió por qué el demonio de luz que se hallaba en su propio rostro había emitido esa risotada maléfica. Supo el precio que es preciso pagar cuando se acepta el regalo de un demonio. Supo que para ella no habría más luz en el mundo, ahora que Guillermo ya no estaba.
 
C. L. MOORE.