Un genio matemático, Einstein y los Mormones
Un genio matemático, Einstein y los Mormones
Podría incluso producirse, en un mismo caso, la combinación dé dos o tres mutaciones favorables, que diesen seres excepcionales. Algunos de esos seres pasan inadvertidos, y sólo son descubiertos por casualidad. Recientemente, en el Cáucaso, se ha descubierto que el secretario de una comunidad agrícola, un hombre de cincuenta años, poseía una inteligencia absolutamente excepcional, que no era mensurable por los «tests» habituales. El descubrimiento se debió enteramente al azar. Un periódico había publicado algunos «tests» de inteligencia y algunos campesinos de la comunidad le dijeron a su secretario y contable:
—Anda, tú que eres tan inteligente, deberías hacer bien esos «tests».
Los hizo bromeando y en el acto le pidieron que fuera con urgencia a la Universidad para pasar allí otras pruebas. Ahora se están estudiando los resultados. Este hombre es un calculador prodigioso, sin ser por ello un idiota sabio como ocurre frecuentemente. Posee dones indiscutibles para las altas matemáticas cosa rara en un adulto.
La mayor parte de las veces, la originalidad matemática se alcanza a los veinticinco años. Se dice, con cierta malicia, que a partir de los veinticinco años, al matemático no le queda otra cosa que enseñar.
Posee ese hombre unas capacidades tan elevadas que uno se pregunta en qué dirección van a ser enfocadas, una vez llevada a cabo la reinserción. Y esta reinserción puede ser rápida. Bastaría con que el ex contable aprendiera a servirse de un ordenador moderno y a tomar de la memoria del ordenador todo lo que no ha tenido ocasión de aprender hasta ahora.
Toda su vida habría sido contable sin ejercitar realmente su mente, si no hubiera tratado de hacer los «tests». Hay, pues, dos variedades, al menos, de esos seres excepcionales que viven entre nosotros: los que saben que lo son y los que no lo saben. La segunda variedad es como el pato del cuento de An-dersen, que no sabía que era un cisne. Evidentemente, no vemos de ellos más que los que se hacen notar. Y, por otra parte, ellos lo lam
entan.
Einstein declaró en sus últimos días, después de haber hecho el balance de todas las humillaciones y todas las injurias con que le habían, cubierto:
—Si tuviera que empezar otra vez, sería fontanero y no me haría notar.
Inmediatamente después de esta declaración, el Sindicato de Fontaneros de Estados Unidos le ofreció una llave inglesa de oro y un diploma autorizándole a ejercer el oficio de fontanero en los cuarenta y nueve Estados.
¿Cuántos viajeros llegados de fuera se ocultan entre nosotros como fontaneros?
¿Cuántos seres excepcionales nacidos en este planeta comprenden en seguida que les conviene no manifestar dones raros?
¿Cuántos, por último, hay que no pasan inadvertidos, de los que incluso se habla mucho, pero que no son tomados en serio por el conjunto de los medios científicos?
Me gustaría ir a Salt Lake City, la capital de los mormones. Dos millones y medio de personas, no más locas que yo, y tal vez menos, creen en el Libro de los Mormones y en las revelaciones de Joseph Smith, su profeta. Pero yo no conozco ningún estudio científico imparcial sobre el personaje o su libro.
Ahora bien, casi en cada página encontramos relatos de contactos con extranjeros benévolos, contactos que se habrían producido en el pasado de los indios americanos. Cómo éste (es un piel roja el que habla):
—Cuando mi padre salía dé la tienda por la mañana, con gran asombro encontró en tierra una bola de construcción curiosa. El material de aquella bola. era latón (¿?). Y en su interior había agujas, una de las cuales indicaba constantemente la ruta que debíamos seguir en el desierto.
Según el Libro de los Mormones, este incidente se había producido, mil años antes de Cristóbal Colón. El propio Joseph Smith ofrece relatos de encuentros con guías que le hacen revelaciones. Es sumamente fácil considerarlo simplemente como un iluminado, pero ésta parece ser la Solución fácil.
En 1970, las Naciones Unidas publicaron una Memoria diciendo que las cuatro quintas partes de la Superficie de la Tierra no eran objeto de mapas utilizables. Quedaban aún vacías manchas blancas. En el 2005 las fotos satelitales de muchos lugares se deben “retocar” para que parezcan normales.

Si un día se lleva a cabo el mapa de la población humana, se hallarán también las cuatro quintas partes de superficies inexploradas, manchas blancas y tierras desconocidas que se encuentran en la superficie de la Tierra. La verdadera antropología, un auténtico estudio del hombre, está aún por hacerse.
Entre otras cosas, la NASA tiene unas 250.000 fotografías tomadas a la tierra desde el espacio y no saben a que y a donde corresponden. No son pocos los que en voz baja dicen que corresponden a un mundo paralelo...
