Jaque Mate
Jaque mate Cuento fantástico de Bernardino Zaffoni
El patio del castillo en ruinas, objetivo de difíciles excursiones turísticas, estaba pavimentado con grandes baldosas blancas y negras, más exactamente, grises y negras, alternadas como en un tablero de ajedrez. La misma simetría, las mismas proporciones: ocho baldosas de cada lado, sesenta y cuatro en total. Tal vez en o.tro tiempo se jugaban allí partidas de ajedrez con piezas vivientes, de acuerdo con una tradición medieval que todavía sobrevive en algunas pequeñas aldeas de Italia.
Antellini y yo habíamos llegado a mediodía, extenuados por el dificultoso ascenso. Después de haber errado unos momentos a través de las amplias baldosas invadidas por las ortigas nos sentamos sobre un corte del muro que antaño rodeaba el patio embaldosado. Habíamos desenvuelto nuestras provisiones y almorzábamos en silencio, cuando Antellini, que no dejaba de mirar las baldosas cuadradas, comenzó a hablar del ajedrez y su sentido profundo. "Un juego extraordinario —dijo—, pero no exageremos. En la ordenación de las piezas y en sus valores respectivos hay una jerarquía social precisa, y hasta diría completamente actual: el rey, el más pesado y limitado de los personajes, el rey, que sólo puede desplazarse una casilla, ¿no es la imagen misma de nuestros jefes de Estado contemporáneos, petrificados en sus Constituciones y privados de todo poder liberal ?
—El ajedrez —le repliqué— proviene de una civilización oriental muy antigua. En esos tiempos los reyes gozaban de una autoridad suprema, de modo que no se trata de trabas constitucionales... Al contrario, el rey estaba situado tan alto que se convertía en puro símbolo: por eso, en el juego, se mueve lo menos posible, por eso el deber de los otros miembros de la sociedad es precisamente intervenir en su defensa. Los peones, instrumentos estúpidos (son soldados, pajes, artesanos) caminan en línea recta y sólo pueden moverse para un costado para capturar a un adversario. No pueden retroceder, su destino es la muerte. Los alfiles (también llamados obispos en los países anglosajones) ya tienen en cambio dudas y malicia, y esa ambigüedad los hace correr en diagonal.
—Me estás diciendo una serie de lugares comunes —replicó Antellini—, estás cayendo en el academismo más chato. No acepto tu interpretación, es demasiado fácil. Para mí, el ajedrez es un juego vivo, una continua batalla cotidiana... Al decir estas palabras saltó del pequeño muro y comenzó a recorrer el tablero a grandes pasos. Yo lo miraba y escuchaba, sin dejar mi asiento. Tomé el termo y me serví una taza de café. Antellini, en medio del tablero, hablaba:
—¿Recuerdas cómo caminábamos cuando éramos chicos? Evitábamos con cuidado las líneas de separación del pavimento de la vereda. Teníamos miedo de trasponer una frontera, de abatir un muro defendido ... Y después nos rebelábamos y comenzábamos a pisotear gustosamente reglas y principios... Toma, así... y así... Recorría el tablero en todos sentidos y ponía los pies, deliberadamente, sobre los intersticios que había entre las casillas.
—Ahora somos adultos y nuestra vida de hombres libres no es un juego de ajedrez sino un juego contra los fracasos. El esfuerzo consiste en contestar las reglas de la batalla. El esfuerzo es rechazar las reglas, las normas, las casillas. El esfuerzo es una lucha continua contra la geometría, contra la ineluctabilidad...
—¡Pero es falso! —exclamé (esa discusión inútil empezaba a ser excitante)—. El ajedrez no tiene nada de ineluctable ni de geométrico. Por el contrario, se trata de llenar cada casilla con su propio poder imaginativo, de liberar nuestro lado rígido a fin de cumplir los movimientos fluidos e imprevistos que van a sorprender al adversario... Sorprender, ¿entiendes? Sorprender, esa es la esencia del ajedrez, ninguna geometría, siempre lo irracional...
Una nube blanca había velado el sol. Una sombra ligera oscurecía ahora ese extraño patio. Las cigarras callaron.
—Tal vez tengas razón —dijo Antellini, yendo y viniendo, después de un breve silencio—. Debemos acostumbramos a considerar a los peones como nuestros hermanos y no como nuestros enemigos.
Mira: yo me coloco ahí.
Sin vacilar, se puso en la casilla B2.
—Como un simple peón. Por primera vez acepto el juego. Humilde y provisorio como mis semejantes...
Permanecía allí, clavado al tablero, extraordinariamente atento. Yo no terminaba de entender si se divertía o intentaba en verdad expresar algo bastante confuso. Tenía los ojos cerrados.
—Acepto el juego —repetía en voz baja— A los 43 años cumplidos tengo que aceptar el juego. Y como peón. Ya no tengo la agilidad del alfil... No tengo los recursos dialécticos de la reina...
—Escucha —le dije poniéndome de pie sobre el muro—, no exageremos. Tomas esta conversación con demasiada seriedad. La atmósfera, el patio, el tablero, te habrán turbado... Ven. Salgamos de aquí. Esto terminará por ser peligroso.
Dije la última frase mirando a mi alrededor, con malestar. Me parecía haber percibido en el aire, en torno de nosotros, un vago, muy imperceptible fervor de presencias desconocidas. Nadie ignora que ciertos castillos abandonados, cuando empieza a caer la luna de la tarde, le juegan extrañas pasadas a los visitantes desprevenidos.
—Vayámonos, Antellini —repetí en voz más alta. Pero confieso que no me atrevía a bajar al tablero, atraparlo por un brazo y arrastrarlo como hubiera debido hacerlo. Se oyó un largo relincho, lejano en el tiempo, pero muy próximo a nosotros.
Antellini se mantenía rígido como un pelele, los brazos a lo largo del cuerpo, el mentón levantado, en la posición más reglamentaria de centinela. Ahora tenía los ojos abiertos y miraba hacia lo alto, fijando cosas que yo no alcanzaba a ver. Como si hubiese recibido una orden dio un paso adelante y pasó a la casilla B3. Permaneció allí algunos minutos, perfectamente inmóvil, en tanto yo escuchaba un eco confuso, un ruido de movimientos, de voces de mando, un rechinar de cascos: un murmullo tan ligero que parecía el fruto de mi imaginación. Con voz angustiada grité con más fuerza:
—¡Antellini! ¡Antellini! ¡Ven!
Inútil. Levantó lentamente la pierna izquierda y se alejó una casilla más. Sus gestos eran mecánicos, sus ojos carecían de expresión. Desdichadamente, la casilla a la cual fue a inmovilizarse debía ser, con toda seguridad, "su" casilla. En efecto, no lejos de allí, surgió de la nada un gran caballo blanco con silla de oro. No tenía jinete. Jadeó, golpeó el duro pavimento, después se lanzó, saltó delante de él a la casilla siguiente, y de allí a la de al lado, precisamente la que ocupaba Antellini. Dio un salto y lo devoró.
—¡Antellini!
Todo había desaparecido. El caballo y Antellini. El tablero estaba otra vez desierto y silencioso. En lo alto, los murciélagos comenzaron a aletear alrededor de la torre.
Tuve que apresurarme para que no me sorprendiese la noche. Inicié el descenso. Me obsesionaba una pregunta: ¿Qué decirle, qué decirle a su mujer?
B. ZAFFONI.
---
