Rios del Terror

LOS RÍOS DEL TERROR

Quince hombres avanzaban fatigosamente por la selva, abriéndose camino paso a paso entre una maraña inextricable de hierbas, de ramas y de lianas; quince hombres de ojos enrojecidos y ademanes pesados:' es todo lo que queda de la expedición norteamericana -McDonald, que se había trasladado al corazón de la Amazonia para tratar de arrancar a aquella tierra algunos de sus fascinantes secretos.
Partieron cuarenta y dos. Los restantes, atacados por las enfermedades, por las fieras y por los salvajes, quedaron atrás: unos, consumidos por la fiebre, en la cabaña de una tribu hospitalaria; otros, bajo una tumba sumergida ya por la selva, que en pocos días cicatriza sus heridas. Los supervivientes marchan hacia la salvación sosteniendo una lucha febril: saben que a algunos kilómetros se levanta un puñado de casuchas que, aun siendo tales, representan una avanzadilla de la civilización en selva virgen. Pero no saben si les será permitido alcanzar aquel punto: los víveres no faltan, pero sí el agua, y las atroces mordeduras de la sed, que les atenazan la garganta, empiezan a arrojar las semillas de la locura en sus mentes ya alucinadas por los colores, sonidos y silencios de la selva.
Pero, de repente, he aquí que a los estridentes y peregrinos cantos de las aves se superpone, primero suave y lejano, y luego cada vez más clara, el tan esperado murmullo. Los hombres se detienen, y escuchan conteniendo la respiración, temiendo ser engañados por sus sentidos, ya puestos a dura prueba.
Pero no se equivocan: después de otra media hora de ímprobas fatigas, alcanzan el río y, gritando de alegría, los prisioneros de la selva corren hacia la orilla, se arrojan boca abajo y hunden sus labios en el líquido restaurador.
El agua es fresca, clara; tanto, que se pueden ver las piedras y la arena del fondo. Desde luego tiene un gusto algo raro, porque deja en la boca un sabor semejante al de la leche fría azucarada. Pero los exploradores no reparan en ello, convencidos de que se trata de alguna sustancia calcárea innocua: una vez llenas las cantimploras, reemprenden la marcha, con renovado vigor, a través de la selva.
A la hora de la cena, cuando-.los hombres acampan en un vasto calvero, nadie tiene hambre; y el sueño —cosa extraña tras una jornada de agotadora marcha— tarda en venir.
—Debe de ser el agua —observa el profesor Mc-Donald—. He oído hablar muchas veces de manantiales que calman el apetito y ponen en forma más que toda una serie de vitaminas. ¿Queréis apostaros a que hemos encontrado la manera de alimentar a buen precio a todo Brasil?
Los exploradores ríen, y bromean incluso a cuenta de la mañana siguiente, cuando algunos sorbos de agua les devuelvan las fuerzas. Pero unas lloras después, nadie tiene ya ganas de bromear: todos los supervivientes de la expedición han sido acometidos por unos dolores persistentes de estomago, acompañados de náuseas y dolor de cábela. Tres de ellos, víctimas de tremendos calambres se arrastran angustiosamente por la selva, ayudados por sus compañeros, cuando, tras seis horas que parecen una eternidad, el grupo avista la base.
Un lavado de estómago y algunos comprimidos bastan para aliviar los sufrimientos de los exploradores, que, trasladados luego a Bogotá por vía aérea, podrán salvarse tras una larga estancia en el hospital. Pero no podrán participar jamás en otra expedición, ni emprender actividades que comporten esfuerzos físicos, y deberán someterse de por vida a una dieta rigurosísima. Porque el agua del río en el que bebieron, los salvó y condenó al mismo tiempo: es el «agua curtidora», el agua de la muerte.
El río que cerró para siempre las expediciones McDonald se llama Cachoon; y Cachoon significa precisamente «curtidos». Si los quince investigadores hubiesen observado mejor la superficie del pequeño río habrían visto flotar ramas y hojas cubiertas por una pátina de color amarillo oscuro e insectos del mismo color, perfectamente conservados; además, si hubiesen cogido entre sus dedos uno de aquellos insectos, habrían quedado sorprendidos de su extraordinaria dureza y, tal vez, habrían sido más cautos en beber.
Ningún indígena habría acercado jamás los labios a la límpida e invitadora agua de sabor lechoso: los maoka, establecidos en aquélla zona, la usan para curtir pieles, «almidonar» tejidos e impermeabilizar las fibras vegetales con las que recubren sus cabañas, procurando que el líquido no se ponga en contacto con su piel.
En efecto, las sustancias contenidas en el Cachoon causan gravísimos daños al organismo. Un hombre que se bañase en dicho río, saldría de él cubierto por una invisible capa impermeable que, cerrando herméticamente todos sus poros, lo conduciría en breve a una horrible muerte por asfixia. Y bebida, el agua del Cachoon tiene a menudo consecuencias letales. Los hombres de McDonald lograron salvarse porque bebieron en el tramo inferior del río, cuyo terrible poder disminuye a medida que se aleja del manantial.

Un curioso detalle lo tenemos en el hecho de que el .Cachoon cuenta con un hermano gemelo, cuyas características, aunque distintas de las del falaz «curtidor», no son menos impresionantes: el Iliminjhaia. Ambos ríos nacen de un caño o chorro único, que -brota, .con indescriptible violencia, de una pared rocosa. Después de algunos kilómetros, se separan, pero marchan paralelos durante un largo .trecho, para desaparecer en varios puntos del subsuelo, volver a la superficie y verter, finalmente, sus aguas, en un modesto afluente del Amazonas.
De aguas tan claras como las del Cachoon, el Iliminjhaia discurre, durante casi todo su trayecto, sobre un lecho de fondo amarillento, cuyo brillo denuncia la presencia de arenas auríferas. Las orillas del rto deberían ya poner en guardia a los que se acercan a ellas. Aquí la vegetación retrocede varios metros, el suelo presenta amplias grietas, las piedras y la arena parecen vitrificadas, y sobre ellas blanquean los esqueletos de pequeños animales, brillan extrañas formas retorcidas, despojos vegetales sometidos a desconocidos procesos químicos.
«Es un espectáculo alucinante —escribe el botánico americano E. White—. Junto al Iliminjhaia se tiene la impresión de encontrarse en otro planeta, o mejor aún, a orillas del infierno.» Sin embargo, es precisamente este siniestro paisaje el que constituye la perdición de los que, ignorantes, vagan por la selva. En efecto, /cómo resistir a la idea de acampar en un lugar cómodo y seguro, donde los ataques de las fieras pueden prevenirse con facilidad, donde existe agua en abundancia, donde la perspectiva de un baño restaurador se hace más sugestiva por la esperanza de descubrir un rico yacimiento aurífero?
Pero quien penetra en el Iliminjhaia no volverá, jamás a sus orillas. A la primera sensación de frescor, seguirá, tras algunos minutos, un tremendo ardor, un dolor lacerante. En vano la víctima tratará de escapar a él ganando la orilla. Tal vez consiga dar uno o dos pasos, pero luego caerá, sin ver ni oír nada más. Y su cuerpo empezará a deshacerse literalmente en las olas infernales, de la misma forma que se disuelve un comprimido en un vaso de agua.
Y una muerte más atroz aún espera al que trata de apagar su sed en el Iliminjhaia. Los animalillos que, no advertidos por su instinto, intentaron hacerlo, no pudieron jamás volver a la selva de la que salieron. Retorciéndose entre atroces espasmos, cayeron abatidos sobre las arenas del río, cuyas exhalaciones destruyeron en pocos días su esqueleto. Sobre piedras vitrificadas, como advertencia frecuentemente vana, quedaron sus esqueletos, iluminados por peregrinos reflejos.
Ningún investigador – en especial, y sobre todo, por la naturaleza de aquellos inhóspitos parajes – ha podido realizar hasta ahora profundos estudios sobre la causa que da unos poderes tan espantosos al Cachoon y al Iliminjhaia. Sin embargo, se cree que son debidos a sustancias solubles contenidas, a elevadísima concentración, en las rocas en que se originan ambos ríos y en las gargantas subterráneas que caracterizan el primer trecho de su recorrido.Rio-2

También a minerales deben sus siniestras propiedades muchos de los pequeños lagos y riachuelos envenenados que tachonan las desérticas zonas de los Estados Unidos y México, desde las «aguas amargas» del Arizona (las cuales paralizan al que bebe de ellas, provocándole una muerte lenta y olorosísima), á las «fuentes verdes» del Sonora y del Chihuahua, dispensadoras de pesadillas y de locura.
Sin embargo, efectos muchos más extraños causan los manantiales inficionados por venenos vegetales. Por ejemplo, a poca distancia de las costas atlánticas de la América Central hay numerosos lagos pequeños, que los indígenas llaman «féretros de cristal», por el extraordinario efecto de sus aguas. En efecto, bastan pocos sorbos para que el que ha acercado sus labios a ellas quede rígido como un cadáver. No pierde en absoluto el conocimiento, pues ve y oye cuanto ocurre a su alrededor, pero no puede hacer el más mínimo movimiento. Trata de levantarse, de gritar, pero le es imposible mover ni un solo dedo, y de su boca no sale el menor sonido. El infeliz es presa de un terror loco, del miedo sin nombre que atenaza a los enterrados vivos. Se trata de una tortura tremenda, que no siempre conduce a la muerte, pero que, inevitablemente, debilita el sistema nervioso.
El fenómeno tiene una explicación muy sencilla: en torno a los «féretros de cristal» crece el Gelsenium mexicano, llamado también Xihiote, cuyas raíces contienen varios alcaloides venenosos, que contaminan las aguas.
Sensaciones mucho más agradables brindas los pequeños lagos en qué se maceran (también en México) las raíces de una cactácea enana llamada Ololiuqui. Sus aguas provocan una voluptuosa sensación de distensión, dan una ligera embriaguez, apagan todo rencor y predisponen a la benevolencia hacia el prójimo. Nos sentiríamos casi tentados a pensar en la exportación del «agua de Ololiuqui» en amplia escala y a su empleo como refrescos en ciertas conferencias internacionales, si no supiésemos que los brujos amerindio usan éste líquido, junto con otras drogas, para producir una especie de «suero de la verdad», que anula la voluntad de sus víctimas y las induce no sólo a condesar los eventuales delitos cometidos, sino que los hace esclavos en manos de quienes quieran darles órdenes..
Sin embargo, las reacciones más sorprendentes (sobre las cuales la Ciencia sigue tratando en vano de arrojar luz) las provoca la descomposición, en pequeños charcos de agua, del Ayahuasca, una especie de ranúnculo tropical propio de América del Sur.
Las bayas de esta planta proveen un potentísimo hipnótico; pero si se maceran, en un proceso natural, en uno de aquellos que los indígenas llaman «lagos del sueño», ejercen una acción distinta y suscitan visiones que no cambian, fundamentalmente, con el cambio de la edad, del carácter y de las tendencias de los individuos.
«El que bebe de esta agua —nos dice un periodista alemán, que ha querido hacer personalmente la experiencia— vive un sueño tridimensional que lo transporta, a través de tierras desconocidas, al corazón de grandes metrópolis, pululantes de vida febril. Y es fácil comprender lo que experimenta un indígena que jamás ha salido de la selva virgen y que se encuentra de pronto frente a la tumultuosa existencia de un centro moderno.»
Aquí, el articulista, arrastrado por la fantasía, se deja llevar a conclusiones arriesgadas. Si, bajo la acción del agua drogada, llega a ver una mastodóntica ciudad de nuestros días, no es forzoso que su visión deba ajustarse en todo y por todo a la de los indios. Lógicamente, estos últimos disponen de un vocabulario demasiado limitado y primitivo como para permitir descripciones exhaustivas; pero es muy probable que sus «ciudades» se reduzcan a enormes masas de chozas o enlacen con el confuso recuerdo de las espléndidas metrópolis erigidas por sus antepasados precolombinos.
Sin embargo, ello no hace menos sorprendentes las diversiones... de carácter turístico, que los «lagos del sueño» ofrecen a sus apasionados. Pero no vaya a creerse que se trata de innocuos pasatiempos. El abuso se paga a un precio muy caro, ya que el «agua de Ayahuasca», a la larga, provoca disfunciones irreversibles del sistema neurovegetativo.
También ésta, pues —pese a las apariencias—, es una «fuente de la muerte», que acaba por destruir a quienes se acercan a ella para arrancarle las coloreadas sombras de un ilusorio jardín de las delicias.