Sombras en la Luna, oscurecimientos y fenómenos raros en la Tierra
He seleccionado esta parte del texto por las fechas, ya que las mismas impiden justificaciones donde se hable de aviones, satélites, cohetes, o de cualquiera de nuestras naves, ni tampoco de pretender lucrar por la venta de derechos de televisión o cosa parecida.
La enorme cosa negra parecía un cuervo de terroríficas dimensiones. Suponiendo que algún día tenga un lector, o tal vez más de uno. le señalo hasta qué punto este oscuro dato ha podido empalidecer en el espacio de dos capítulos.
La cuestión es: ¿se trataba de una cosa, o de la sombra de una cosa?
Una u otra solución claman no sólo por una revisión, sino también por una revolución en la Ciencia de la Astronomía.
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Una cosa enorme, negra como un cuervo, posada sobre la Luna. Este dato es de gran importancia, ya que obliga a aceptar, en un campo distinto, mi convicción de que cuerpos opacos de dimensiones planetarias atraviesan nuestro sistema solar. Sostengo que tales cuerpos han sido vistos, así como también sus sombras.
Hasta ahora no tenía más que un solo caso, es decir, un caso fácil de arrinconar. Pero Serviss (1) habla de una sombra que Shroeter vio en 1788 sobre los Alpes lunares. Vio primero una luz; después, cuando esta región fue iluminada, observó una sombra redondeada allá donde se encontraba la luz. Digo que vio un objeto luminoso cerca de la Luna, que la Luna fue parcialmente iluminada, y que el objeto desapareció a sus ojos, mientras su sombra se retardaba detrás suyo. Por supuesto, Serviss se explica sobre esta cuestión, sin lo cual no seria el profesor Serviss. Es una pequeña competición en aproximaciones relativas de la realidad. Piensa que Shroeter había observado la sombra «redondeada» de una montaña, en la región iluminada. Se puede concebir, efectivamente, que una montaña pueda proyectar una sombra redondeada e incluso destacada, en la región iluminada de la Luna. Y estoy seguro de que el profesor Serviss podría explicar a su gusto por qué razón olvida el origen mismo de la luz. Sin lo cual no seria más que un aficionado.
Tengo otro dato, aún más extraordinario que esta enorme cosa posada sobre la Luna.
Mr. H. C. Russell, que de ordinario es tan enormemente ortodoxo como otro cualquiera, al menos así lo supongo, ya que escribe F.R.A.S. (miembro de la Real Sociedad de Astronomía.; tras su nombre, cuenta en Observatory (2) una de las historias más perversas, más extravagantes, de todas las que he exhumado. El y otro astrónomo, G. D. Hirst, se hallaban en las montañas Azules, cerca de Sydney, en Nueva Gales del Sur, y Mr. Hirst contemplaba la Luna. De pronto, vio lo que Russell denomina «uno de estos hechos tan extraordinarios que deben ser registrados en el mismo momento, incluso si ninguna explicación puede hacerlos aún comprensibles».
La cosa es bastante rara: que un astrónomo, en este estado de terrorismo en el que ejerce su oficio, vea algo no convencional, algo escabroso, inconveniente de ver, que ponga en peligro su misma dignidad. Uno de los esclavos regimentados le clavará una sonrisa en la espalda. Se le juzgará sin bondad. Por tales razones creo de un atrevimiento inusitado, para su mundo de sensibilidades etéreas, la anotación siguiente de Russell:
«Hirst vio que gran parte de la Luna estaba recubierta por una sombra tan oscura como la de la Tierra durante un eclipse de Luna. Era casi imposible resistir a la convicción de que se trataba de una sombra, incluso si no podía ser la sombra de ningún cuerpo conocido »
Richard Proctor era un hombre liberal en su época. Más tarde citaré una carta que permitió fuera publicada en Knowledge, y que en otra ocasión hubiera podido encontrar delirante. Pero un mundo oscuro y desconocido, capaz de proyectar su sombra sobre una gran porte de la Luna, extendiéndose tal vez más allá del borde lunar, una sombra tan vasta como la de la Tierra, era algo excesivo para el comedimiento de Mr. Proctor.
Se dice que fue feroz. Russell relató que Proctor hizo un «libre uso» de su nombre en el Echo del 14 de marzo de 1879, ridiculizando la observación que él había hecho en compañía de Hirst. Si no hubiera sido Proctor hubiera sido algún otro; pero es digno de notar el hecho de que el ataque fuera impreso en un diario. El desdén de las revistas astronómicas fue completo en este caso, pero las columnas del Observatcry quedaron abiertas para Russell, a fin de que pudiera responder a los insultos de Proctor.
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Aunque no siempre haya manifestado para con ellos una paciencia deseable, creo que los astrónomos primitivos realizaron en su tiempo muy buenos trabajos, principalmente para apaciguar los temores terrestres.
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Los astrónomos han actuado bravamente en el pasado: han tenido feliz influencia en los negocios. Es malo para el comercio que una oscuridad intensa se abata sobre una comunidad tomada por sorpresa y aterrorice, a los eventuales compradores. Pero si todo oscurecimiento puede ser predicho y se produce en el tiempo señalado, ningún presunto comprador volverá a su casa, lleno de pánico, para meter su dinero a buen recaudo.
De un modo general, se considera que los astrónomos han sistematizado casi todos los datos de los eclipses, es decir, que han incluido algunos y olvidado otros. Han tenido éxito, han actuado bien, pero actualmente se alejan de la armonía
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«Acontecimientos notables (3) en el curso de un eclipse total de Luna, el 19 de marzo de 1848.»
Una carta de Mr. Forster, de Brujas, declara que, en el momento del eclipse precitado, la Luna brilló tres veces más de lo que es usual para un disco lunar eclipsado. El cónsul inglés de Gante, que no sabia nada del eclipse previsto, escribió para señalar el color «rojo sangre» de la Luna. Otro astrónomo, Walkey, observó en Clyst St. Lawrence que la Luna se tornó «magníficamente iluminada, más bien teñida de un rojo intenso... La Luna estaba tan perfectamente iluminada como si no hubiera habido el menor eclipse».
Se dijo que una aurora boreal, ocurrida al mismo tiempo, había podido ser la causa de dicha iluminación, pero jamás se ha observado que una aurora boreal pueda tener efectos sobre la Luna.
Otra observación de Scott, en el Antártico, cobra todo su valor si se sabe que un eclipse de los nueve décimo de la totalidad produce el mayor efecto, incluso en tiempo cubierto. “Quizá hubo un eclipse de sol el 21 de septiembre de 1903, como estaba previsto —escribió Scott (4)—, pero ninguno de nosotros se arriesgarla a jurarlo". Se trataba de un eclipse de nueve décimos de la totalidad, el tiempo estaba cubierto.
Así, no solamente se han producido algunos eclipses no reconocidos por los astrónomos, en el mismo curso de los eclipses oficiales. Y paso a mis eclipses irregulares: en Notes and Querries se encuentran varias alusiones a intensos oscurecimientos ocurridos sobre la Tierra, en idénticas condiciones que un eclipse, pero sin ninguna referencia a un cuerpo conocido susceptible de eclipsar a otro. Si, en el siglo XIX, alguien hubiera osado hacer alusión a eso, se hubiera atraído los lanzazos del ridículo, la huida de su editor, el desprecio de sus amigos y de su familia, un motivo suficiente de divorcio.
En Holanda, se produjo en pleno día una oscuridad tan intensa y tan terrorífica que varias personas. presas de pánico, se ahogaron en los canales (5).
En Londres, el 19 de agosto de 1763, una oscuridad “mas impenetrable que la del eclipse de 1748” (6). Humbolt (7) ha confeccionado una lista impresionante de los “días negros" de la historia.
El 19 de marzo de 1886, a las tres de la tarde, una oscuridad tan total como la de la medianoche se abatió sobre Oshcosh Wisconsín (8). Siguió una desolación general: las gentes corrían en todos sentidos por las calles, los caballos se encabritaban, las mujeres y los niños se refugiaban en las bodegas, solo las luces de gas iluminaban las imágenes y reliquias de santos. Esta oscuridad duró de ocho a diez minutos, pasó de oeste a este, y fue seguida de una luz casi inmediata; poco después se señaló que, al oeste de Oshkosh, se había producido el mismo fenómeno: «una ola de oscuridad total» había pasado de oeste a este.
En todos los demás casos señalados, tengo la impresión de ser yo mismo eclipsado por la explicación convencional de una masa muy densa de nubes como origen del fenómeno.
En Memphis, Tennessee, el 2 de diciembre de 1904, a las diez da la mañana, una oscuridad de un cuarto de hora «provocó el pánico en algunas zonas, ya que algunos gritaban y rezaban, creyendo ver llegar el fin del mundo» (9). En Louisville, Kentucky, el 7 de marzo de 1911, a las ocho de la mañana, durante media hora, y después de una granizada, «una intensa oscuridad y una tormenta impresionante sembraron el terror en toda la ciudad» (10).
En cuanto a las oscuridades extendiéndose sobre vastas regiones, se las atribuye generalmente a los incendios forestales. En el V.S. Forest Service Bulletin, n.° 117, F. C. Plummer ha confeccionado una lista de dieciocho oscuridades ocurridas en los Estados Unidos y en el Canadá.
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Afirma «que el humo no puede explicar por sí solo estos días oscuros de terrorífico carácter». E imagina remolinos y torbellinos aéreos, concentrando el humo de los incendios forestales.
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De modo que Plummer, con su explicación de oscuridades causadas por el humo de los incendios forestales, viene a decir que estas oscuridades «se han producido a menudo sin ninguna turbulencia del aire cerca de la superficie terrestre», es decir, sin evidencia de humo... aunque haya habido siempre en alguna parte un incendio forestal.
Pero, de estos dieciocho casos, sólo hay uno. que yo impugno. Se trata de la oscuridad ocurrida en el Canadá y en el norte de los Estados Unidos el 19 de noviembre de 1819. Sus concomitantes: luces celestes, la caída de una materia negra, sacudidas de orden sísmico. En este caso concreto, el único incendio forestal disponible se produjo al sur de Ohio. Es posible que el hollín de un incendio viaje de Ohio a Montreal, es también concebible que, por un insólito reflejo, se haya percibido su relumbre en Montreal, pero los terremotos son inadmisibles en los incendios forestales. Por el contrario, vamos a verlo a continuación, la oscuridad profunda, la caída de materia celeste, las luces y las sacudidas sísmicas no son fenómenos clásicos de humo que se concentre en un lugar.
El 17 de abril de 1904, en Wimbledon, Inglaterra (11), una oscuridad procedente de una región desprovista de humo, sin lluvia ni rayos, duró más de diez minutos. En las oscuridades de Gran Bretaña, se piensa inmediatamente en la niebla, pero el comandante Herschel, comentando el oscurecimiento ocurrido en Londres el 22 de enero de 1882 a las diez y media de la mañana, hasta el punto que los transeúntes podían oírse sin verse de uno a otro lado de la calle, declaró en Nature (12 a): «Es obvio que la niebla no fue la causa».
Charles A. Murray, enviado británico en Persia, cuenta en el Annual Register. (12 b), que el 20 de mayo de 1857 sobrevino en Bagdad «una oscuridad más intensa que la de medianoche, cuando no hay ni luna ni estrellas. Fue seguida de una luz roja y siniestra, como no he visto en ninguna parte del mundo».
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En Nature (13) S. W. Clifton, recaudador de aduanas en Freemantle, Australia Occidental, relata que envió al Observatorio de Melbourne el informe de la aparición de una pequeña nube negra de progresión lenta, que estalló en forma de una bola de fuego del tamaño de la Luna. Un meteorito de velocidad ordinaria no podría parecerse al vapor, pero objetos más lentos —lentos, digamos, como un tren de mercancías— podrían fácilmente hacerlo.
He aquí un fragmento típico de descripción (14): «La nube rebotó contra la tierra como un balón»; «la nube rebotó contra el suelo, tocando la Tierra cada ochocientos a mil metros».
Finley cita docenas de nubes de tornados que tienen, a mi parecer, toda la apariencia de objetos sólidos encerrados en el estuche de una nube. Pone de relieve que en el tornado de Americus, Georgia, el 18 de julio de 1881, «la nube emitía un extraño vapor de azufre». Un viento no tiene razón de ser sulfuroso, pero un objeto de origen exterior puede permitirse este capricho. El fenómeno es descrito en la Monthly Weather Review (15) como «un extraño vapor sulfuroso, ardiente, que mareaba a todos los que se le acercaban lo bastante como para respirarlo».
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El 7 de diciembre de 1872, los habitantes de King's Sutton, Banbury, vieron a una especie de rueda de heno atravesar el espacio, acompañada, como un meteoro, por fuego, una humareda densa y un ruido de ferrocarril (16). «Estaba tan pronto muy alta como muy próxima al suelo». El efecto fue el de un tornado: árboles y muros abatidos. El objeto desapareció «de golpe».
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Algunos científicos o hipnotizados me han precedido en esta tarea, en relación con la Luna. Por ejemplo, Perrey ha catalogado quince mil relatos de terremotos relacionados en gran parte con la proximidad de la Luna, atribuyéndolos a la atracción lunar en su punto más próximo a la Tierra (17). Teóricamente, en este punto más próximo, la Luna hace temblar la superficie terrestre.
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Cuatro categorías dé fenómenos han precedido o acompañado a los terremotos: nubes insólitas, profunda oscuridad, apariciones luminosas en el cielo, caída de sustancias, denominadas comúnmente o no meteóricas. Ninguna de tales manifestaciones se integra en los principios de la sismología primitiva o primaria, cada uno de ellos da cuenta de un cuerpo vibratorio suspendido encima de la Tierra o sobrevolándola. Para los primitivos, no existe ninguna razón por la cual las convulsiones de la superficie terrestre hayan de ir acompañadas por fenómenos inhabituales, luces u oscuridades o caída de sustancias. Resultan irreconciliables con la noción de que estos fenómenos puedan preceder a los sismos.
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Un terremoto «precedido» por una violenta tempestad en Inglaterra, el 8 de enero de 1804; otro, «precedido» por un meteorito cegador, en Suiza, el 4 de noviembre de 1704; en Florencia, el 9 de diciembre de 1731, una «nube luminosa moviéndose a gran velocidad y desapareciendo más allá del horizonte»; en Suavia, el 22 de mayo de 1732, «el aire fue atravesado por espesas brumas, a través de las cuales se percibía una pálida luminosidad: varias semanas antes de la sacudida, se vieron en el aire globos de fuego»; el 18 de octubre de 1737, una lluvia de tierra en Carpentras, Francia; el 19 de marzo de 1750, una nube negra en Londres; en Slavange, en Noruega, el 15 de abril de 1752, una virulenta tormenta y una extraña estrella de forma octogonal; en Augermannland, en 1752, bolas de fuego surcando el cielo; numerosos meteoritos en Lisboa el 15 de octubre de 1755; «un globo inmenso» en Suiza, el 2 de noviembre de 1761; una nube oblonga y sulfurosa en Alemania, en abril de 1767; una extraordinaria masa de vapor en Boulogne, en abril de 1780; el cielo oscurecido por una niebla negra en Granada, el 7 de agosto de 1804; en Palermo, el 16 de abril de 1817, «gritos atravesando el cielo y amplias manchas oscureciendo el sol»; en Nápoles, el 22 de noviembre de 1821, «un meteoro luminoso siguiendo la misma dirección que la sacudida»; en Thuringerwald, el 29 de noviembre de 1831, una bola de fuego grande como la Luna apareció en el cielo; después, caso tras caso, «terribles tempestades», «caída de granizo» y «brillantes meteoros».
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Hay muchos más ejemplos. Anoto algunos: sacudida sísmica y aparición simultánea de un gran meteoro luminoso (19); sacudida sísmica, cuerpos luminosos en el cielo y caída de arena en Italia, los días 12 y 13 de febrero de 1870 (20); meteoro luminoso, caída de piedras y temblor de tierra en Italia, el 2 de enero de 1891 (21 a); algunas observaciones acerca del paso de un objeto luminoso acompañado de temblores de tierra en Connecticut, el 27 de febrero de 1883 (21 b); temblor de tierra y globos luminosos en número prodigioso en Boulogne. Francia, el 7 de junio de 1779 (22); «curiosa aparición luminosa en el cielo» durante el terremoto de Manila, en 1863 (23).
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El 16 de febrero de 1861 (24) hubo un terremoto en Singapur, después un verdadero diluvio, cayendo tanta agua como la que contendría un lago de respetables dimensiones. El agua cayó a torrentes durante más de tres días y, en los charcos de agua, se encontraron buen número de peces, que los indígenas afirmaron haber visto caer del cielo. M. de Casteinau presentó un informe sobre el incidente a la Academia de Ciencias: en él hacia mención de haber señalado en otra ocasión la aparición de una nueva especie de peces en el cabo de Buena Esperanza, después de una sacudida sísmica.
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Luego comienza la eliminación de lo que no pueden explicar, mediante el proceso de negarlo y no publicar hecho alguno. Hoy se mantiene.
En el Canadian Instituto Proceedings (25), el comisario delegado de Dhurmsalla cuenta una extraña combinación de acontecimientos ocurridos al tiempo del extraordinario meteorito de Dhurmsalla, recubierto de hielo. Algunos meses después de aquella caída, se produjo una caída de peces vivos en Benarés, una «lluvia de sustancia roja en Furruckabad. una mancha sobre el disco solar, un seísmo, «una inusitada oscuridad de larga duración» y una aparición luminosa en el cielo, parecida a una aurora boreal. Y, como apoteosis, un nuevo orden de fenómeno: visitantes. El comisario delegado escribió que, la tarde siguiente a la caída del meteorito de Dhurmsalla, percibió luces, algunas de las cuales estaban muy próximas al suelo, apagándose y volviéndose a encender. Era el 28 de julio de 1860 y, sin embargo, este testigo declaró que las luces «no eran ni linternas, ni fogatas, sino verdaderos resplandores celestes».
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Hay casos de caída, pero ninguno de traslación hacia lo alto. Muchos objetos son proyectados en el aire a consecuencia de un terremoto, pero jamás he oído hablar de un árbol, de un pez, de un ladrillo o de un hombre que se haya elevado hacia el cielo sin volver a caer.
(1) Popular Science, 34-158
(2) Observatory. 2-374
(3) Monthly Notices of the RAS., 8-132.
(4) Voyage of the Discovery, vol. II, p. 215.
(5) Notes and Queries, 2-4-139.
(6) Gentleman’s Magazine, 33-414.
(7) Cosmos, 1-120
(8) Monthly Weather Review, marzo de 1886-79.
(9) M. W. R., 32-522.
(10) M W. R., 39-345.
(11) Symons' Met. Mag., 39-69.
(12 a) Nature, 25-289.
(12 b) Annual Register, 1857-132.
(13) Nature, 20-121.
(14) Finley: Reports on the Character of 600 Tornadoes.
(15) Monthly Weather Review, julio de 1881.
(16) Nature. 7-112, citando al Birmingham Morning News
(17) Proc. Roy. Soc of Cornwall, 1845.
(18) Rept. Brit. Assoc , 1852.
(19) Quar. lour. Roy. Inst., 5-132.
(20) La Science pour tous, 15-159.
(21 a) L’Astronomíe, 1891-154.
(21 b) Montihy Weather Review. febrero de 1883.
(22) Sestier: La Foudre. 1-169.
(23) Pontón: Earthquakes, p. 124.
(24) La Science pour tous, 6-191.
(25) Canadian Institute Proceedings., 2-7-198
Datos obtenidos del “Libro de los Condenados” de Charles Fort .
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