Vulcano y otros misterios celestes
He seleccionado una cantidad interesante de datos referentes a observaciones de astrónomos, famosos y aficionados, en las que comunican hechos llamativos que no saben explicar. Son observaciones realizadas entre 1750 y 1900, cuando no se hablaba de OVNI ni cosa por el estilo y se andaba a la caza de nuevos cuerpos celestes.
Muchos observadores fueron ridiculizados y catalogaron sus observaciones de “fantasías”, sin importar que la misma comunicación fuera hecha por cuatro o cinco astrónomos en distintos y lejanos lugares, si no estaban dentro de lo aceptado oficialmente, se los “excomulgaba”.
Solo unos pocos se animaron a hablar de “superconstrucciones” de otros mundos, entre ellos se destaca Charles Hoy Fort, que no era astrónomo, solo un buscador de lo extraño en el mundo.
En 1845, un cuerpo, demasiado largo como para parecerse a un satélite, fue observado cerca de Venus (3). Una observación semejante fue señalada cuatro veces en la primera mitad del siglo XVIII. La última data de 1797.
Un cuerpo largo fue observado siete veces en las proximidades de Venus (4). Un astrónomo al menos, Houzeau, aceptó estas observaciones y denominó a este mundo, este planeta o esta superconstrucción: «Neith». Menciona de pasada su punto de vista, aunque sin suscribirlo definitivamente (5).
Ya sea Houzeau o un autor de folletín, la oscuridad externa le parecerá siempre completamente idéntica. La aparición de un nuevo satélite en el sistema solar puede parecer turbadora, aunque las fórmulas de Laplace, consideradas en su tiempo como definitivas, hayan sobrevivido a la admisión de quinientos o seiscientos cuerpos que no se incluían en las mismas. Un satélite de Venus puede aparecer como perturbador, pero explicable, mientras que un cuerpo alargado acercándose a un planeta, retrasándose un poco, desapareciendo después, para volver un poco más tarde y, digamos, echar el ancla...
Un cuerpo (6) que reflejaba la luz o, al menos, una mancha brillante, se acercó a Marte el 25 de noviembre de 1894, como lo atestiguan el profesor Pickering y sus colegas del observatorio de Lowell. Luminoso por sí mismo, según parece, planeó por encima de la parte oscura del planeta Marte. Se le tomó por una nube pero se estimó que se hallaba a treinta y cuatro kilómetros del planeta.
Una mancha luminosa pasó a través del disco de Mercurio en 1799, según Harding y Shroeter (7).
En el primer boletín publicado por el observatorio de Lowell, en 1903, el profesor Lowell describía un cuerpo observado el 20 de mayo de 1903 cerca de Marte, que fue negado el 27 de mayo, para ser desplazado a más de cuatrocientos cincuenta kilómetros de su punto de aparición, y al que se identificó finalmente como «una nube de polvo».
En octubre y noviembre de 1911, se vieron sobre el disco de Marte manchas extremadamente brillantes (8).
Asi fueron aceptadas, aunque no regularizadas, las seis o siete observaciones que permitieron a un astrónomo bautizar con el nombre de «Neith» a un mundo, un planeta o un satélite desconocido.
En 1859, el doctor Lescarbault, astrónomo aficionado en Orgéres, Francia, anunció que, el 26 de mayo, había observado un cuerpo de importancia planetaria atravesar el Sol. Abordamos aquí un tema tan profano para el presente sistema como lo eran mis propios temas para el sistema precedente. Pero pocos libros de texto olvidan enteramente esta tragedia. El método sistemático consiste en dar muy pobres ejemplos de lo profano, para poder disponer en seguida de ellos. Si quisieran negar la existencia de las montañas, registrarían algunas observaciones de muy ligeras prominencias en las cercanías de Orange, en New Jersey, para arrojar en seguida el descrédito sobre estas observaciones poco dignas de interés. Los libros de texto mencionan algunas de las «supuestas» observaciones del «planeta Vulcano», para pasar en seguida a otra cosa.
El doctor Lescarbault escribió a Leverrier, quien acudió precipitadamente a Orgéres. Esta información correspondía a sus propios cálculos sobre la existencia de un planeta entre Mercurio y el Sol. Puesto que nuestro sistema solar no ha alcanzado jamás una Regularidad Positiva, hay, tanto para Mercurio como para Neptuno, fenómenos irreconciliables con toda fórmula, así como movimientos que revelan una influencia exterior. Se dijo que Leverrier «se sintió satisfecho en cuanto a la exactitud sustancial de la observación señalada- (9). El relato de su investigación es magnifico, no quiero infligir a este pequeño necio mis estragadas rudezas, pero es divertido observar la ingenuidad de una época de la que los dogmas actuales son una supervivencia. Leverrier acudió corriendo a Orgéres, pero no reveló su identidad a Lescarbault. Entró en su casa y «sometió al doctor a un severo contra interrogatorio»: como si ustedes y yo nos permitiéramos el lujo de hacer irrupción en casa de no importa quién y de hacernos los malos. "Lo puso contra la pared, planteándole una pregunta tras otra". Y fue solamente cuando se sintió plenamente satisfecho que se dignó presentarse. Supongo que Lescarbault expresó alguna sorpresa. Hay, en esta historia, algo utópico: uno se siente lejos de la indiferencia neoyorkina.
Leverrier bautizó el objeto con el nombre de “Vulcano”. Por los mismos medios gracias a los cuales se supone, aún hoy, que se descubrió Neptuno, habían anunciado ya la probable existencia de un cuerpo (o de un grupo de cuerpos) intra mercuriano. Reunió cinco observaciones además de la de Lescarbault y, en concordancia con las hipnosis matemáticas de su época, estudió aquellos seis pases y extrajo de ellos elementos que atribulan a «Vulcano» un período de veinte días y una fórmula permanente de longitud heliocéntrica. Pero localizó en 1877 el mejor año para la observación de este planeta. Considerando el hecho de que le que daban aún bastantes años de vida, pudo concederse una buena dosis de paciencia. Si no conociéramos ya un poco el campo de la hipnosis, podríamos sorprendernos de que, habiendo «descubierto» Neptuno por un método casi tan recomendable como el del “descubrimiento” de las brujas, se lanzara a esta aventura. Habiendo acertado a propósito de Neptuno, podía equivocarse con respecto a «Vulcano» y caer por debajo del standard de los cartománticos, quienes jamás trabajan sobre una base del cincuenta por ciento.
El 22 de marzo de 1877, fecha memorable, el mundo científico se envaraba en sus asientos, con la nariz dirigida al cielo. La cosa se llevó a cabo con espléndida autoridad: jamás un papa se pronunció con tal aspecto de finalidad. Si se ponían seis observaciones, una junto a otra, no hacía falta nada más.
El redactor de Nature, una semana antes de la fecha de la predicción, parecía encontrar difícil explicar cómo seis observadores, desconocidos entre ellos, podían haber formulado sus datos, si no se trataba de fenómenos relacionados entre si. Pero es ahora cuando sobreviene la mayor crisis de este libro.
Las fórmulas están en contra nuestra. Pero fórmulas astronómicas, basadas en observaciones concordantes, efectuadas a tantos años de distancia y calculadas por un Leverrier, ¿pueden tener tan poco sentido, positivamente hablando, como todos los demás pseudofenómenos estudiados hasta ahora? La víspera del 22 de marzo de 1877, se hicieron numerosos preparativos. En Inglaterra, el Astrónomo Real se hallaba en la más apremiante expectativa de su carrera: notificó a los observadores de Madras, Melbourne, Sydney, Nueva Zelanda, Chile y Estados Unidos. Struve había preparado las observaciones en el Japón y en Siberia.
Finalmente, el 22 de marzo de 1877. Sin la menor hipocresía, lo encuentro patético. Si alguien quisiera poner en duda la sinceridad de Leverrier en aquellas circunstancias, quiero precisar, sea esto o no significativo, que murió algunos meses más tarde.
El 9 de agosto, M. de Rostan, de Basilea, Suiza, tomaba la altitud del sol en Lausana cuando vio un cuerpo en forma de huso, de, tres dedos de ancho y nueve de largo, avanzar lentamente atravesando el disco solar, «a la mitad de la velocidad de lo que lo hacen las manchas solares ordinarias» (10). No desapareció hasta el 7 de setiembre, al alcanzar el limbo del sol.
En razón a su carácter fusiforme, me inclino a pensar en un súper Zeppelin, pero otra observación parece indicar que se trataba de un mundo: aunque opaco y «eclipsado al sol», estaba rodeado de una especie de nebulosidad, ¿tal vez una atmósfera? Una penumbra indicaría ordinariamente una mancha solar, pero algunas observaciones prueban que el objeto estaba a una considerable distancia del Sol.
Otro observador, estudiando el Sol a la misma hora en París; no vio el objeto, pero M. Croste, de Solé, es decir a unos doscientos setenta y un kilómetros al norte de Lausana, lo observó, descubriendo la misma forma de huso, pero discutiendo un poco su envergadura. Y, detalle importante: Croste y De Rostan no lo vieron en el mismo lugar sobre el Sol. Es un asunto de paralaje, y de gran paralaje, si se piensa en la invisibilidad de París: de ello saco la conclusión de que, durante el verano de 1762, un gran cuerpo opaco en forma de huso atravesó el disco solar a una gran distancia del Sol. El redactor del Register escribió: «En una palabra, no conocemos nada del cielo a lo cual se pueda recurrir para explicar este fenómeno.» Tengo la idea de que este señor no era el esclavo encadenado a toda explicación, y que debía ser muy abierto en sus hábitos.
En Monthly Notices of the R.A.S. (11), Leverrier, que no perdió jamás su confianza hasta el último día, publicó las observaciones que había formulado sobre un cuerpo desconocido de dimensiones planetarias. Aquí están: Fritsche, 10 de octubre de 1802; Stark, 9 de octubre de 1819; De Cuppis, 30 de octubre de 1839; Sidebotham, 12 de noviembre de 1849; Lescarbault, 26 de marzo de 1859; Lummis, 20 de marzo de 1862.
Digo, pues, que Leverrier no formuló jamás observaciones, sino que eligió observaciones que podían ser formuladas; que, hipnotizado, transfirió su condición a tantísimas personas que, el 22 de marzo de 1877, hizo que la Tierra se erizara de telescopios, manejados por igual número de astrónomos rígidos y casi inanimados. ¿Y creen ustedes que la Astronomía sufrió en lo más mínimo en su prestigio cuando no ocurrió nada? En absoluto. El espíritu de 1877 estaba ya superado.
Los datos rechazados: el 26 de julio de 1819, Gruthinson observa dos cuerpos atravesando juntos el sol. Según el astrónomo J. R. Hind, Benjamín Scott, Chamberlán de la ciudad de Londres, y Mr. Wray, vieron en 1847 un cuerpo completamente idéntico a «Vulcano» atravesar el Sol (12). Observación idéntica de Hind y Lowe, el 12 de marzo de 1849 (13). Un cuerpo del tamaño aparente de Mercurio fue observado el 29 de enero de 1860 por F. A. R. Russell y otros cuatro observadores, atravesando el sol (14). Observación de Le Vico, el 12 de julio de 1837 (15). Otro astrónomo aficionado, M. Coumbray, de Constantinopla, le había escrito a Leverrier que el 8 de marzo de 1885 vio un punto negro claramente recortado atravesar el disco solar, destacándose de un grupo de manchas solares cerca de la corona, cita el Lannée Scientifique. Según el diagrama de M. Coumbray, un paso central hubiera tomado un poco más de una hora. Dicha observación fue rechazada por Leverrier, porque su fórmula hubiera necesitado de una velocidad cuatro veces mayor.
Otro cuerpo idéntico fue objeto de una observación por Mr. Weber, de Berlin, el 4 de abril de 1876, del cual Wolf informó a Leverrier en agosto de 1878 (16)... lo cual no ocasionó la menor diferencia para este notable positivista.
Otras dos observaciones fueron anotadas por Hind y Denning (17). Después vienen (18): Standacher, en febrero de 1862: Lichtenberg, el 19 de noviembre de 1762; Hoffman, mayo de 1764; Dangos, 18 de enero de 1798; Stark, 12 de febrero de 1820. Una observación hecha por Schmidt, el 11 de octubre de 1847, se opina que es dudosa. Pero en la página 192 se asegura que dicha duda proviene de una traducción errónea, citándose otras dos observaciones hechas por Schmidt el 14 de octubre de 1849 y el 18 de febrero de 1850, y después otra por Lofft, el 6 de enero de 1818.
Finalmente, una observación de Steinheibel, en Viena, el 27 de abril de 1820 (19). Haase reunió, por su lado, informes de veinte observaciones parecidas a las de Lescarbault, cuya lista fue publicada por Wolf en 1872.
Pastorff (20) señala que vio, dos veces en 1836 y una ve; en 1837, dos manchas redondas de tamaño desigual moverse a través del sol, una cambiando de posición con relación a la otra, tomando una dirección, si no una órbita, distinta cada vez, y que en 1834 vio otros cuerpos semejantes atravesar seis veces el disco solar, pareciéndose mucho a Mercurio en sus pases.
La sombra del 22 de marzo de 1877. Pero recalcar la pobre media de Leverrier descubriendo planetas sobre una base del cinco por ciento, seria poner de relieve el pequeño porcentaje de realidad que caracteriza la tela casi mística de que se compone todo el sistema. No acuso a los libros de texto de omitir este fracaso, pero les hago sospechosos de buscar distraer la atención del público. Se trata de paliar el error de Leverrier y de censurar al pobre Lescarbault,, ese aficionado. El ataque proviene del señor Lias, director de la Inspección de costas brasileñas, el cual, en el momento de la auto dicha observación de Lescarbault, vigilaba el Sol: en lugar de ver tan sólo las manchas solares normales, notó que la región del «pretendido pase» era de una intensidad uniforme.
En esta circunstancia específica, la «intensidad uniforme» significa que Lescarbault no vio una mancha solar ordinaria, puesto que significa la ausencia de toda mancha solar. Persigo la interpretación de una resistencia bajo la forma de una asistencia (preguntándome cuáles serían sus aplicaciones al vapor y a la electricidad), insistiendo en que la invisibilidad en el Brasil significaba el paralaje tanto como la ausencia, y en la medida en que «Vulcano» demostraba estar alejado del Sol, interpreto toda denegación como una confirmación, lo cual es, por supuesto, el método de todo sabio, político, teólogo u orador universitario.
Así, pues, los libros de texto, sin habilidad especial, puesto que no se les exige, conducen a sus lectores a despreciar al aficionado de Orgéres y a olvidarse de Leverrier; lo cual no impide que los datos existan. Si un hombre eminente presintiera un terremoto y éste no se produjera, el profeta quedaría desacreditado, pero los datos de antiguos terremotos seguirían siendo completamente válidos. Es fácil reírse de las ilusiones de un único aficionado. Pero las observaciones de Fristche, Stark de Cuppis, Sidebotham, Lescarbault, Lummnis, Gruthinson, De Vico, Scott, Wray, Rusell, Hind. Lowe, Coumbray, Weber, Standacher, Lichtenberg, Dangos, Hoffmann, Schmidt, Lofft, Steinheibel, Pastorff... son los bastante formidables como para evitar el olvido: y no son aún más que una vanguardia. A partir de ahora, los datos de los grandes cuerpos celestes, unos oscuros y otros luminosos, pasarán y pasarán y volverán a pasar. Y quizá, sí, quizá después del paso de la procesión, algunos de nosotros recordaremos aún algo.
En el momento del eclipse total del 29 de julio de 1878, el profesor Watson, de Rawlins, Wyoming, y el profesor Swift, de Denver, Colorado, señalaron la presencia de dos objetos brillantes a considerable distancia del Sol. Está en concordancia con mi opinión general el hecho de que no hay un planeta intermercuriano, sino más bien diferentes cuerpos y varios enormes objetos, a veces cerca de la Tierra, a veces en las proximidades del Sol: mundos sin órbitas (que concibo, vista la aparente ausencia de colisiones, dotados de un mando gobernable), o superconstrucciones dirigibles.
El profesor Watson y .el profesor Swift publicaron sus observaciones, lo cual sitúa a la indiferencia científica en el lugar de las exclusiones racionales. Los rutinarios de los libros de texto estiman que estos dos testimonios estaban en mutuo desacuerdo: y aun testimoniando el más vivo pesar, especialmente en relación al profesor Swift, llegaron a una coincidencia que sugestionó, a centenares de kilómetros de distancia, a dos astrónomos a observaciones contradictorias. Pero el profesor Swift escribió en Nature (21) que su observación era muy aproximada a la de! profesor Watson; más aún: en Observatory (22), dijo que sus cálculos y los de Watson «se confirmaban mutuamente». Los fieles insistieron entonces en el hecho de que Watson y Swift habían debido tomar dos estrellas por dos cuerpos extraños. El profesor Watson insistió, en Observatory (23 a) sobre el hecho de que había censado previamente todas las estrellas que rodeaban el Sol hasta la séptima magnitud: de todos modos fue condenado.
Demostración del mecanismo de exclusión: antes de que se pronunciara la excomunión, Lockyer escribía tajantemente, sobre este tema (23 b): «No hay ninguna duda: el profesor Watson ha descubierto un planeta intramercuriano. Estoy seguro de que se integrará en las órbitas de Leverrier.» No se integró. «No he hecho jamás —dijo el profesor Swift (23 c)— una observación más válida, más indudable.» Fue condenado de todos modos.
Cuerpos oscuros, y luces o reflejos solares sobre objetos o construcciones interplanetarias.
Luces observadas sobre o cerca de la luna. Herschel señaló, en Philosophical Transactions, (23 d) varios puntos luminosos localizados sobre o cerca de la Luna, en el curso de un eclipse. Podemos preguntarnos cómo podían ser luminosos, si la propia Luna estaba oscura. Pero examinaremos más tarde el hecho de que numerosos objetos luminosos han o no han cruzado la Tierra en plena noche. La abundancia de estas luces es un factor nuevo, o una nueva complicación en mis exploraciones. Un nuevo aspecto del habitat o de la ocupación interplanetaria. Mundos en hordas y seres alados. No me sentiré sorprendido si termináramos por descubrir ángeles, o animales-máquinas, galeones de los viajeros celestes. En 1783 y en 1787, Herschel señaló otras luces próximas a la Luna, que supuso eran de origen volcánico. Pero la palabra de un Herschel no tiene más peso, en el caso de divergencia no ortodoxa, que la de un Lescabault. Sus observaciones fueron relegadas al olvido.
En noviembre de 1821, se vieron vivas manchas cerca de la Luna (24). Loomis cita cuatro casos (25). Otra se parecía a una estrella cruzando la Luna, «cosa que supe, inmediatamente, que pertenecía al campo de lo imposible», comenta el observador (26a). «Era una luz fija y persistente situada en el lado oscuro de la Luna.» Supongo que la palabra fija designaba el brillo de la citada luz.
Rankin informa en 1847, en el Report (26 b) haber visto puntos luminosos sobre la parte oscura de la Luna, en el curso de un eclipse. Los tomó por reflejos de estrellas, lo que no resulta muy razonable; pero otra luz, señalada en el Annual Register, (26 c), no tiene relación con las estrellas, puesto que se mueve con la Luna. Fue observada durante tres noches seguidas y señalada por el capitán Kater (27). En el observatorio de Cape Town se informa la presencia de una mancha blanca acompañada de luces más pequeñas en el lado oscuro del borde lunar (28 a).
1883, el año extraordinario: en Egipto, el 24 de setiembre de 1883, Hicks Pashaw vio a través de un telescopio «una inmensa mancha negra» en la parte inferior del Sol (London Times, 17 de diciembre de 1883). Una mancha solar quizá. Un día un astrónomo, el doctor Wolf, contemplaba el cielo, cuando algo oscureció una estrella durante tres segundos y medio (28 b). Había sido observado un meteoro por los alrededores, pero su rastro no había sido visto más que momentáneamente.
El dato siguiente es uno de los más sensacionales que poseo, pese a que sea muy corto. Un objeto oscuro fue observado por el profesor Heis, a once grados de altitud, desplazándose lentamente a través de la Vía Láctea (29).
En Knowledge (30), se han publicado dos fotografías del cometa de Brooks, demostrando la evidencia de su colisión con un objeto oscuro en octubre de 1893. El profesor Barnard formula así el hecho: «El cometa encontró un medio denso que lo pulverizó.»
Mr. W. R. Brooks, director del Observatorio Smith, vio pasar lentamente un objeto oscuro y redondo a través de la Luna, en dirección horizontal (31). En Science, 14 de setiembre de 1896, un corresponsal expresa su opinión de que se trataba de un meteoro opaco. El astrónomo holandés Müller vio, el 4 de abril de 1892, un fenómeno completamente idéntico (32). Por otro lado, en Science Gossip (33), se precisa que el objeto de Brooks tenía un diámetro aparente tres veces menor que el de la Luna, y que atravesó el disco lunar en tres o cuatro segundos. El redactor escribió que el 27 de junio de 1806, a la una de la madrugada, miraba él mismo la Luna con un telescopio astronómico de dos pulgadas, de potencia 44, cuando un largo objeto negro pasó de oeste a este, durante tres o cuatro segundos. Lo tomó por un momento por un pájaro, pero no pudo observar ningún movimiento secundario.
En cuanto al doctor Brendel, de Griefswaid, Pomerania, cuenta en Astronomische Nachrichten (34), que el factor Ziegler y algunos otros observadores vieron un cuerpo de dos metros de diámetro atravesar el disco solar. El objeto fue observado un cuarto de hora antes de alcanzar el Sol, y necesitó más de una hora para atravesarlo, tras lo cual fue visible aún cerca de una hora. Lo cual indica que estaba lejos tanto de la Tierra como del Sol.
Finalmente, el doctor Harris hace constar (35) que vio el 27 de junio de 1912 un «objeto intensamente negro», de cuatrocientos kilómetros de largo por ochenta de ancho, destacarse sobre el disco lunar. Unas nubes interrumpieron la observación. «No puedo dejar de pensar —escribió el doctor Harris— que acababa de producirse un fenómeno extraño.»
(3) (Evans: Way of the Planets., p. 140.)
(4) (Science Gossip, 1886-178.)
(5) (Trans. N. Y. Acad., 5-249.)
(6) Astrophysfcal Journal, 1-172.
(7) (Monthly Notice of the R.A.S., 38-338.)
(8) (Popular Astronomy, vol. 19, n.o 10.)
(9) (Monthlv Notices, 20-98.)
(10) (Annual Register, 9-120.)
(11) Monthly Notices of the R.A.S.. febrero de 1877.
(12) (Nature, 14-469.)
(13) (LAnnée Scientitique, 1876-9.)
(14) (Nature, 14-505.)
(15) (Observatory, 2-424.)
(16) (L'Année Scientifíque, 1876-7.)
(17) (London Times, 3 de noviembre de 1871 y 26 de marzo de 1873.)
(18) (Monthly Notices of the R.A.S., 20-100.)
(19) (Monthly Notices, 18-62.)
(20) (Amer. low. Sci., 2-28-446.)
(21) Nature, 19 de setiembre de 1878.
(22) Observatory, 2-161.
(23 a) Obse/vatory, 2-193.
(23 b) La Nature, 20 de agosto de 1878.
(23 c) La Nature, 21-1301.
(23 d) Philosophical Transactlons, 82-27:
(24) (Proc. London Roy. Soc., 2-167.)
(25) (Treatise on Astrónomo, p. 174.)
(26 a) (Phil. Trans. 84-429.)
(26 b) Report of the Brit. Assoc. 1847-18.
(26 c) Annua/ Register, 1821-687.
(27) (Quart. Journ: Roy. Inst., 12-133.)
(28 a) (Phil. Trans., 112-237..)
(28 b) La Nature, 86-528.
(29) (Greg'8 Catalogue, Rept. Brft. Assoc., 1867-426.)
(30) Knowfeoge, febrero de 1894.
(31) (SOence, 31 de julio de 1896.)
(32) (Scientific American, 75-251.)
(33) Scíencfe Gossfp, n.s... 3-135.
(34) Astronomische Nachrichten, n.° 3477.
(35) Popular Astronomy, 20-298.
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