Educar o Amaestrar ?
EL SISTEMATICO FRACASO EDUCATIVO
Lo que a la sociedad de la provincia de Santa Fe y en general a la Argentina, se le ha hecho creer es que la educación está mal por culpa exclusiva de los docentes y a éstos que los culpables son los padres. Pero por las dudas se señala a los medios televisivos, al alcohol, a las películas violentas que importamos y a la droga en todas sus formas.
En síntesis, todos son culpables menos el Gobierno y sus especialistas en educación de los respectivos ministerios, que son unos “genios” reprimidos. El problema es simple, si son tan buenos y con tantas ideas espectaculares, ¿ por qué han fracasado siempre ?.
¡ Claro Ud. dice eso porque tuvo problemas con su ministerio de educación ! . No, esto lo vengo diciendo desde hace mucho, como mínimo diez años, desde la publicación de dos libros míos en 1998, lo mas seguro es que ellos buscaron como sacudirse a alguien molesto.
No voy a hacer un extenso recuento de las falencias y los insignificantes logros del Gobierno, ya lo han hecho y todos vemos los resultados, pero la pregunta es ¿ por qué? , o mejor aun ¿ para qué ? . En treinta y dos años de docente he visto incontables errores adornados como reformas educativas, todas fracasaron, lo que me permite opinar con muchísima mas autoridad que los llamados “especialistas en educación” y lamentablemente he llegado a la conclusión de que no se quiere calidad educativa, al contrario, se pretende destruirla.
Para comprender mejor el por qué de tal afirmación, he extraído algo sumamente importante que aclara perfectamente mi afirmación.
Fragmento del libro “Albert Speer – El arquitecto de Hitler: Su lucha con la verdad” escrito por la periodista inglesa Gitta Sereny en base a testimonios del propio Speer, sus conocidos sobrevivientes, de los archivos alemanes y de los aliados, las actas del juicio de Núremberg y de archivos particulares.
[245]………………………A todos ellos, civiles en esencia, se los entrenó para el asesinato más que para la guerra. Los juicios a los Einsatzgrupen después de la guerra demostraron que los cursos de entrenamiento de tres semanas en Pretzsch, Silesia, no incluían la instrucción táctica. Pero todos y cada uno de ellos eran nazis fanáticos, y los cuatro grupos de seiscientos hombres cada uno, en definitiva dirigidos por un elevado número de oficiales de las SS muy cualificados, habrían de convertirse en el azote y el terror de los territorios conquistados en Europa Oriental.
La región central de Polonia, con una población de once millones de personas, donde se encontraban las principales ciudades del país (Varsovia, Cracovía y Lublin), se convirtió en una provincia ocupada con su Gobierno General encabezado por el ex abogado de Hitler, el Reichminister Hans Frank. A esta región de la Polonia conquistada, esencialmente la única parte del país a la cual se permitió conservar el carácter de católica y polaca, los Einsatzgruppen deportaron a millones de polacos provenientes de las áreas anexadas que serían «germanizadas» —es decir el Warthegau—, cuyas granjas y hogares fueron entregados a colonos alemanes de pura raza importados de todo el territorio de Europa Central y del Este. Hacia mediados de 1941, doscientos mil Volksdeutsche, repatriados de los Sudetes y determinados lugares del Este, se habían asentado en la Prusia reconstituida y en Silesia, una población cuyo idioma cedió por completo al alemán, y donde la influencia de la cultura y las iglesias polacas prácticamente dejó de existir.
Entretanto, el Gobierno General también se convirtió en el lugar al que fueron destinados cerca de dos millones de judíos que habían vivido en las provincias del noroeste, ahora alemanas. En este punto, y hasta después del comienzo de la guerra contra la Unión Soviética, la política aplicada fue en general de aislamiento y contención; se los hacinó en los guetos de las ciudades del Gobierno General. Estas áreas pronto se vieron desesperadamente saturadas, y sus habitantes padecieron terribles privaciones. De todos modos, hasta cierto punto, los guetos se convirtieron en enclaves autónomos donde, en vista de la relativa organización de las escuelas, las clínicas, los lugares de entretenimiento y de culto, durante cierto tiempo continuó una apariencia de normalidad.
En un memorando secreto de mayo de 1940, Himmler especificó que el ex estado polaco y sus diferentes «razas» —los polacos, los ucranianos, los rusos blancos, los judíos— debían descomponerse. «[...] en el mayor número posible de partes y fragmentos [...] de esa mezcolanza se extraerían los elementos racialmente valiosos [...]».
Se dejaría que el resto muriese. En un lapso de diez años, decía el memorando, las poblaciones del Gobierno General «quedarán reducidas a un resto de seres subestándar [...] una fuerza de trabajo sin líderes, capaz únicamente de proveer a Alemania de trabajadores eventuales [...]». Con el tiempo, «los judíos serán eliminados totalmente gracias a una operación decisiva de deportación a África o a otra colonia cualquiera», y los demás habitantes de la Polonia oriental serán empujados más hacia el Este, cesando de existir como entidades raciales. (Esta fórmula sugiere que en mayo de 1940 aún no se consideraba el exterminio físico de los judíos.)
Además de eliminar a las clases educadas polacas, continuaba diciendo Himmler, sus hijos serían cuidadosamente seleccionados de modo que pudiera germanizarse a «los que sean racialmente valiosos» y en cambio conceder al resto sólo una educación básica, «y ni siquiera se les enseñará a leer». Sus sugerencias fueron bien recibidas por el Führer, como demuestra la escalofriante nota administrativa de Himmler, titulada «Tren especial, 28 de mayo de 1940»
Entregué al Führer un informe acerca del tratamiento que deberá dispensarse a los pueblos de razas extranjeras en el Este. [El] leyó las seis páginas y las juzgó muy apropiadas y válidas. Pero ordenó que se hicieran muy pocas copias [...] el informe será manejado con el máximo secreto. [Después de enumerar a los funcionarios a quienes se informará, Himmler agrega:]
Todos tienen que confirmar que han sido informados del hecho de que se debe considerar esto como una orden, pero nunca adoptará la forma de orden de una de las Oficinas Principales; tampoco podrá adoptar la forma de mero extracto, ni se lo citará de memoria.
No cabe duda de que en este caso Himmler obtuvo inspiración de Hitler, que de tanto en tanto comentaba sus planes para la población del Este, sobre todo en lo referente a la educación de los niños. Su Tabletalk a menudo registra estos comentarios. Por ejemplo, en la cena del 27 de julio de 1941:
No podríamos cometer error más grave que tratar de educar a las masas que viven allí. Nos interesa que la gente sepa apenas lo suficiente para leer los nombres de las calles. Ahora no saben leer y deberían continuar así. [Un año después, el 22 de julio de 1942, volvió sobre el asunto:] Desde luego, no habrá facilidades para promover la educación superior: [la cual] sencillamente plantaría las simientes de la futura oposición a nuestro dominio [...] La instrucción en geografía puede limitarse a una sola frase: «La capital del Reich es Berlín [...]» La instrucción elemental será la lectura y escritura en alemán [...] La aritmética y disciplinas semejantes son completamente innecesarias [...] Sí, las ciudades que construimos para nuestros colonos alemanes [se trata de las ciudades levantadas en los Territorios Orientales Ocupados cuya construcción había pedido a Speer, deben ser hermosas, con calles anchas, parques y todas las facilidades que enriquecen el ocio. Como recompensa especial en el caso del trabajo bien hecho, los grupos de nativos pueden ser llevados a estas ciudades —a las que normalmente, por supuesto, no tendrán acceso— con el fin de que vean cómo viven sus amos [...]
Hubo algunos habitantes del Este que fueron llevados a Alemania mucho antes de que pudieran trabajar, pero incluso en su caso fue como resultado de una selección especial. Nos referimos a los bebés y los niños polacos —y más tarde ucranianos y rusos— que después de ser examinados por «expertos en ciencia racial», fueron considerados dignos de ser «germanizados». Nunca se supo el número exacto de niños pequeños arrebatados a sus padres para que fuesen educados como alemanes, pero según el registro de búsqueda y hallazgo de Arolsen, por entonces Alemania Occidental, creado por las autoridades de los sistemas aliados de beneficencia al final de la guerra, casi un cuarto de millón de niños estaban siendo buscados por padres de Polonia y Ucrania.
Yo misma estuve íntimamente comprometida con ese aspecto específico de los horrores nazis cuando en mi condición de funcionaría encargada del bienestar infantil en la UNRRA—United Nations Reliefand Rehabilitation Administration— en la zona norteamericana de Alemania, en 1945, estuve a cargo del equipo de Rastreo de Niños durante un semestre.
Con la ayuda de algunos amigos húngaros que tenían buenos contactos en la población, pude localizar a unos cuarenta y cinco niños de tres a ocho años que vivían con familias campesinas alemanas de nuestra zona de operaciones pero que, de acuerdo con los informadores locales, no pertenecían a dichas familias.
Apartar a estos niños de esas familias fue una de las tareas más difíciles que jamás he afrontado. Esos padres adoptivos amaban como propios a los niños que habían aceptado, y esos niños a su vez amaban a los padres adoptivos. Llevé a los pequeños a un centro especial que habíamos preparado, y viví y trabajé con ellos durante meses, pues se necesitó tiempo para comenzar siquiera a reparar el daño infligido por la doble violencia que se había cometido con ellos: primero cuando los nazis los separaron por la fuerza de sus padres, sus hogares y su idioma; segundo cuando nosotros —en esencia no mucho más amablemente— los apartamos de lo que había llegado a ser su hogar y en la mayoría de los casos sus abnegados padres adoptivos.
Se necesitó incluso más tiempo para reagrupar a algunos de ellos con sus auténticas familias. De mi grupo de cuarenta y cinco niños, resultó que treinta y ocho habían sido secuestrados en Polonia. En la primavera de 1946 viajé con ellos —y con unos doscientos niños de otras regiones— de regreso a ese país, Eran los primeros niños que volvían, y no puedo olvidar el sufrimiento de los padres adoptivos alemanes cuando tuvieron que presenciar la partida de los niños; y del mismo modo, mientras viva, no olvidaré la bienvenida que recibieron en Polonia, y jamás olvidaré la cara de los padres, los abuelos, los tíos, las tías, los hermanos y las hermanas. Es sobrecogedor contemplar el milagro del reconocimiento de un niño perdido mucho tiempo atrás por quienes lo aman.
Pero dado lo que sucedió después, casi agradezco que en el momento en que se abandonó el programa de Rastreo de Niños, un tiempo después, sólo se hubiese descubierto una fracción del presunto total de 250.000 niños. Centenares a quienes descubrimos e identificamos como separados de los padres, no polacos sino soviéticos, entre ellos siete de mi grupo de cuarenta y cinco niños, aún debían soportar otro trauma.
Como resultado de una decisión política adoptada sobre todo en Washington (e impuesta a los británicos), estos niños, a diferencia de los polacos, jamás debían regresar con sus familias. En una de las decisiones más arbitrarias jamás adoptadas por la burocracia, los Gobiernos británico y norteamericano, ahora inmersos en la guerra fría con los soviéticos, decretaron que no debía devolverse a los niños para que fueran educados en el comunismo. En una carta de respuesta a mis protestas, el Departamento de Estado Norteamericano dijo que se estaba actuando únicamente en beneficio de los niños, porque no se debía permitir que los sometieran al adoctrinamiento que sin duda soportarían, y cuya seguridad física no podía garantizarse si volvían a la Unión Soviética. (Los siete niños ucranianos que estaban entonces a mi cuidado tenían todos menos de cuatro años.) Luché durante meses contra esta monstruosa decisión, apoyada siempre por Jack Whiting, director de la UNRRA en la zona norteamericana. Pero perdimos, y estos niños, doblemente castigados en el plano psicológico, primero en función de grotescos principios raciales de los nazis, y después por absurdas razones ideológicas de sus presuntos liberadores, fueron enviados al extranjero, a Estados Unidos, Australia y Canadá, para vivir en otro país extraño con una lengua desconocida, nuevamente adoptados o acogidos por extranjeros.
—Que Dios nos proteja de los fanáticos ideológicos, dondequiera que estén —dijo Georges Casalis (Capellán en la prisión de Spandau), cierta vez que una noche, ya tarde, en Francia, le relaté esta historia….
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Uno puede o no sentir cierta repulsión de las ideas de Himmler o de Hitler, si es que eran solo de ellos, las que no disculpo ni acepto, pero quién hizo uso de las mismas después de la guerra fue Stalin (cuyo verdadero nombre era Iosif Vissarionovich Dzhugashvili , que cambia por Stalin que en ruso significa “de acero” ) con atrocidades que hubieran sonrojado a mas de un SS. La diferencia entre ambos sistemas es que Hitler escribía con tinta negra y Stalin con tinta roja, luego la propaganda nos vendió una historia muy bien elaborada que se aleja bastante de lo que realmente ocurrió.
Pero la educación es fundamental en el desarrollo de cualquier pueblo y es por eso que la tienen tan abandonada y hablan pero no hacen. No se conforme con lo que yo digo, observe en su barrio la total pérdida de respeto a los mayores, a los padres, los docentes; preste atención a las noticias de alumnos que agreden con armas a otros y a sus maestros en las escuelas o en la calle, a los responsables de los ministerios de educación que no toman medidas, ya sea por inútiles o porque siguen a rajatabla el plan de destrucción educativa. Esa gente no se recupera, ya está podrida y hay que separarla del resto, es una ley natural el preservar al conjunto.
Parece todo un complot maléfico, si bien tiene la apariencia, es solo el accionar de unos incapaces que vaya uno a saber por qué les dieron ese puesto, imprimiendo libritos y regalando becas no se educa, primero debo enseñarle a leer y crear hábitos, sobre todo respeto.
Todavía tengo presente a esa madre aborigen (Mocoví) que resignada junto a su familia esperaba fuera del club “social”, donde se llevaba a cabo el acto de colación de grados de la escuela del pueblo, a los que no dejaron entrar porque eran “indios”.
Y esperó pacientemente sin poder asistir al acto donde su hija recibía la bandera de la escuela; la supervisora no hizo nada, las autoridades de la Región II de Educación tampoco, y por supuesto el Ministerio ni se dio por enterado. Si no hubiera sido por un grupo de profesores que se enteró de lo que pretendía la directora para congraciarse con los poderosos del pueblo, le habrían robado la bandera que justamente le pertenecía.
No se debe criticar si no se tiene una propuesta valedera, mas adelante volveré sobre el tema y lo que yo propongo.
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