El Encuentro

Cuento de Ciencia Ficción  por Chad Oliver

 
EL PRIMER PASO EN EL MÉTODO CIENTÍFICO CONSISTE EN LA OBSERVACIÓN DE LOS HECHOS Y LA FORMULACIÓN DEL PROBLEMA.
 
EL hombre llamado Copa Paco no se consideraba un extraño. Por el contrario, no cabe duda que para él, era un ser humano que mantenía relaciones normales con todos los demás habitantes de Capella IV. Los únicos extraños que rodeaban a aquel asunto eran los habitantes de la Tierra, el tercer planeta del Sistema Solar.
Naturalmente y considerando las circunstancias. Copa Paco no era ningún tonto, estaba perfectamente convencido de que había factores como el egocentrismo y el etnocentrismo que llevan a un ser inteligente a definir como "extraño" a todo lo que no sea igual a él. Pero también sabía que esto dependía del sitio donde uno está sentado.
Pero todo ésto no hacía más sencillo el panorama.
Maldijo en alta voz su condenada pipa, que tenía la mala costumbre de apagarse a regulares intervalos sin causa evidente. Luego, aceptando filosóficamente los hechos de la vida como deben ser aceptados, la vació, volvió a llenaría y la encendió. Exhaló una pequeña bocanada de humo azulado, en dirección del purificador de aire y se sintió un poco mejor.
Luego caminó hasta la pantalla visora y miró. Las estrellas lo miraron a su vez y advirtió que el sistema del Sol estaba más cerca. Nuevamente comenzó a sentirse mal. Las palmas de sus manos se llenaron de transpiración.
—Quisiera que todo ese maldito planeta se muriera de una vez —dijo.
—Te aconsejo que tomes las cosas con calma —le contestó Dota Tado, el experto en semántica. Si pierdes la cabeza, estamos todos perdidos. Además, creo que tus conceptos están algo alterados.
—Quisiera que también tú te cayeras muerto de una vez —repuso Copa Paco, chupando ferozmente su pipa.
—Guerra civil —meditó Dota Tado—, un gran comienzo. Se supone que eres coordinador. ¿Recuerdas? ¿No lees la propaganda que escribes tú mismo? Eres una desgracia para el arma. Te haría fusilar al amanecer,
pero no tenemos amaneceres disponibles.
—¡0h, vete al infierno! —replicó Copa Paco, pero no pudo menos de sonreír. Dota era un buen tipo. Conocía su trabajo—. En realidad me siento perfectamente. Es que de tanto en tanto pienso en lo cerca que estamos y todo lo demás, lo que depende de esta entrevista, en fin... tú me entiendes.
—Sí, ya lo sé, ya lo sé. Pero saldrás bien, ya verás. No te sigas preocupando.
—Buen consejo —admitió Copa Paco—. Trataré de seguirlo.
 
En realidad el problema era serió. Nunca habían enfrentado algo semejante. Su mundo —Capella IV— era muy similar al planeta Tierra, del sistema del Sol, lo que constituía una extraordinaria coincidencia. La vida había evolucionado en ambos planetas en forma similar. No todos los detalles correspondían, pero se aproximaban. La cadena de la especie bípeda superior había producido en los dos mundos un ser bípedo, mamífero, con manos, cerebro. Reacciones parecidas.
El bípedo de Capella IV había buscado las estrellas. El sueño se había hecho realidad, pero no era precisamente el que todos pensaban. La galaxia estaba densamente poblada por seres inteligentes. Pero la vida en otros planetas había tomado distintas formas. No se trataba de seres hostiles. Eran simplemente distintos. Extraños. Ajenos.
Hasta que veinticinco años atrás habían establecido contacto con la Tierra, Allí había una forma superior de vida idéntica a la propia, con una civilización aproximada, si bien menos avanzada. Poseían cohetes interplanetarios pero no dominaban aún los viajes interestelares. Las astronaves de Capella IV eran impulsadas por campos eléctricos negativos.
Pero los terráqueos tenían bombas de hidrógeno.
            Durante los veinticinco años siguientes ambas razas se habrían observado a distancia, discutiendo, haciendo fintas y esguinces. Habían intercambiado radio fotos, información general. Habían especulado e imaginado cosas. Todo durante veinticinco años.
Naturalmente, se temían mutuamente. Los habitantes de Capella IV temían la bomba, que no poseían. Los de la Tierra estaban atemorizados ante el progreso que signiflcaba el vuelo interestelar, que no dominaban.
Ambos estaban asustados porque no se comprendían.
Pero hasta ahora jamás se habían encontrado cara a cara.
Copa Paco miró malhumorado su pipa, fria ya, que se había apegado nuevamente. La vació y la dejó de lado. Hipnóticamente miró hacia la pantalla televisora. La Tierra ya era visible.
El sitio del encuentro tenia que ser en el Sistema Solar pues los terráqueos no poseían el secreto de viajar a las estrellas. Habían escogido una cámara especial en un pequeño planeta llamado Marte; cada uno había construido la mitad del refugio, teniendo siempre la certeza de que cuando uno trabajaba, el otro estaba ausente. Así habían tardado diez años marcianos en edificarlo, en tumos de cien días cada raza.
Un hombre de cada grupo encontrándose en una pequeña habitación, en un planeta neutral, sin vida propia, cada hombre en representación de una cultura separada por un universo y por millones de anos de evolución independiente. Cada uno tendría una responsabilidad que era demasiado fantástica para ser real.
 
Si el encuentro era un éxito, se abriría un futuro lleno de infinitas posibilidades. Si era un fracaso, si había alguna treta de por medio, si se cometía un error...
Y todo podía depender de una pequeña cosa. De una nada. ¿Cómo decir que en gran parte de la Tierra "John Smith" era un nombre corriente, si en Capella IV resultaba absurdo que alguien se llamara así? La gente de Capella IV tenía sistematizados sus nombres, en forma tal que al decirlos se conocía su punto de origen y su status social. Copa Paco, Lota Talo, Dota Tado. Esto a su vez parecía cómico a los terráqueos, que usaban el nombre que se les antojaba para bautizar a sus hijos.
El hombre llamado Copa Paco miró por la pantalla visora hacia las estrellas y planetas que iluminaban la oscuridad. Este era su problema. Y un problema que tenía que ser enfrentado también por un hombre de la Tierra, un hombre parecido a él. Un hombre que en aquellos momentos con toda seguridad también estaría preguntándose, tratando de decidir...
¿Cómo seria?
 
TRAS LA FORMULACIÓN DEL PROBLEMA. EL SIGUIENTE PASO ES LA ELABORACIÓN DE LA HIPÓTESIS O SOLUCIÓN PROBABLE, TRAS ESTO, SE PRODUCE EL TERCER PASO, LA PRUEBA DE LA HIPÓTESIS POR LA EXPERIENCIA. EL EXPERIMENTO...
 
John Graves caminó firmemente sobre la arena del cañón marciano y escuchó al mismo tiempo el sonido de su máscara de oxígeno. Era suave y regular. Sonrió, tranquilizado. Había estado asustado hasta ese momento, pero ya sabia lo que debía hacer y se sentía sereno.
Estaba listo para la entrevista.
El helado viento marciano silbaba por cañones y túneles y levantaba arena en torbellinos; envolvía sus fríos dedos en torno de la figura de John Graves, diciéndole muchas cocas.
Marte.
Jamás había conocido vida propia. Su único significado habla sido el de los temores y sospechas de millares de años terrestres, visto por millones de ojos desde el lejano planeta. John Graves sintió que un tibio orgullo lo enardecía. Su gente.
Primero había sido una luz en el cielo. Luego, milenos después, un dios de la guerra. Finalmente un planeta, uno entre tantos otros, una invitación a través de millones de kilómetros de vacío espacial. Los hombres de la Tierra se habían sentido atraídos y allí estaban ahora.
Y la realidad era ésa. un frío desierto sacudido por los vientos, que producían los únicos sonidos audibles.
Un territorio neutral.
Un sitio ideal para un encuentro.
John Graves salió del cañón arenoso, sus pies introduciéndose en el flojo suelo del desierto. Allá, a lo lejos, estaba el refugio con su única habitación para dos.
Miró su reloj. Era ya la hora del encuentro.
Desde el extremo opuesto del desierto se advertía otra figura erecta, bípeda, que avanzaba hacia el refugio, caminando contra el viento.
Pronto se encontraron en la pequeña habitación, tan cerca que hubieran podido tocarse. El recinto era antisépticamente limpio, totalmente sin carácter. Tenía paredes grises, monótonas y una única fuente de luz que surgía del techo.
John Graves mantuvo una sonrisa en sus labios y estudió amablemente a su interlocutor, que a su vez también lo observó con expresión cortés. Es decir, esto pensó Graves, pues el hombre de Capella IV estaba cubierto por algo que parecía un liviano traje espacial de una sola pieza, que le cubría de pies a cabeza.
Hubo un largo y pesado silencio.
 
Finalmente John Graves alzó las manos y-se quitó fa máscara de oxígeno. Olió el aire y lo encontró agradable. No había habido treta alguna en esa dirección. El otro hombre sonreía más ampliamente.
—¿Le molesta si fumo? —preguntó John Graves.
—En lo mas mínimo —la voz era agradable, bien modulada, a través del micrófono de su casco.
John Graves sacó un cigarrillo y lo encendió. Inhaló una bocanada de humo y lo exhaló por la nariz, procurando mantenerlo apartado de su interlocutor.
—Mi nombre es John Graves —dijo.
—Mi nombre es Ñoco Cono —repuso el otro.
Ninguno de los dos agregó más información. El silencio se hizo más intenso.
—Evidentemente está resuelto a responder tan sólo a mis palabras —pensó Graves—. Tendré que conducir yo la entrevista.
Se sentó y el hombre de Capella IV lo imitó, sin hacer ademán de quitarse el casco espacial.
—Bueno... ¿adonde vamos ahora? —preguntó Graves, sonriendo, mientras pensaba que había sido muy decente por parte de los extraños el aceptar qué la entrevista se realizara en un idioma de la Tierra.
—Una excelente pregunta —Noco Cono rió cortésmente—. Ante todo, tengo que pedirle excusas por. mantener esta aparente reticencia por mi parte, pero usted comprende lo extraño de las circunstancias...
—Comprendo, amigo mío y respeto sus reservas. Además, espero que volvamos a encontrarnos nuevamente para hablar de hombre a hombre.
—Es también mi deseo más íntimo —afirmó la figura en traje espacial—. Naturalmente, la situación es muy singular y difícil para ambos. Me siento como si me observaran por un microscopio.
—También yo —asintió John Graves.
Siguieron conversando en forma fragmentaria, sobre generalidades, sin entrar en materia. Cuando llegó el término del plazo fijado para la primera entrevista, no habían dicho absolutamente nada importante. Y era tanto lo que dependía de ello... tanto podía ganarse o perderse en aquella reunión preliminar...
Los dos lo sabían.
—Sé que ambos pensamos lo mismo —dijo John Graves por fin—. No tengo mucha autoridad, pero como hombre espero con todo mi corazón que esto sea un principio, no el fin de algo.
La figura en el traje espacial asintió.
—También yo siento lo mismo, amigo mío. Ha sido una ruda asignación fa que hemos recibido. Espero que nuestra despedida no sea un adiós. Ansío que nuestros pueblos estén dotados de la necesaria comprensión. Y del mínimo sentido del humor.
 
Fueron juntos hasta la puerta. John Graves se detuvo para ponerse la máscara de oxígeno y ambos salieron. John Graves extendió la mano y el otro la tomó y la estrechó suavemente, al estilo terrestre. Luego el hombre de Capella IV hizo un saludo con la otra mano y cada uno se dirigió a su nave espacial.
John Graves se encaminó al cañón arenoso sin volverse hacia atrás.
 
SEGÚN HA SIDO SEÑALADO PREVIAMENTE, HEMOS DEJADO DE LADO UN PASO EN NUESTRO MÉTODO CIENTÍFICO: LA HIPÓTESIS, O SOLUCIÓN EXPERIMENTAL VOLVEREMOS A ELLA.
 
Copa Paco estaba preocupado. Chupó de la pipa y advirtió que el maldito artefacto se había vuelto a apagar. ¿Por qué demonios una cultura capaz de inventar un cohete interestelar no podía fabricar pipas que no se taparan? Jugueteó con la idea de tirar el condenado artefacto en el vaporizador, pero se tranquilizó y se limitó a repetir el rito de cargarla con tabaco fresco.
Cuatro horas para el momento decisivo.
La pregunta que habla vivido en él durante todo ese tiempo se filtró en su cerebro. ¿Habla adoptado la decisión adecuada? Pronto lo sabría.
El problema de tomar a un solo hombre para que represente a toda una cultura era demasiado para él y lo sabía. Tras luchar durante mucho tiempo en busca de una salida, sopesando cada argumento, cada ángulo, cada solución posible, se encontraba sin la certeza de una respuesta.
Demasiado tarde para retroceder ahora. Tenemos que seguir adelante.
Su pueblo, el de Capella IV, tenía intenciones honorables hacia tos habitantes de fa Tierra. Pero... ¿Y éstos?
—Prueba inicial —ordenó por el intercomunicador.
Todos los demás ocuparon sus sitios. Copa Paco carraspeó nervioso. Se oyó un golpecito cortés en la puerta, que se abrió. Una figura envuelta en un traje espacial entró en el recinto. Sonreía y por el casco se alcanzaba a ver un rostro franco y un par de ojos azules límpidos.
—Me llamo Noco Cono -—dijo en inglés, con voz suave y bien modulada—.Espero ser útil.
Todos lanzaron exclamaciones de admiración y Copa Paco se sintió aliviado. No cabía duda. El robot estaba bien hecho.
Luego, cuando la astronave descendió en Marte, la tensión volvió a dominar a Copa Paco. Nono Cono caminaba graciosamente, con movimientos humanos. Pero, naturalmente, no era humano.
Copa Paco volvió a preguntarse por centésima vez si habría hecho bien o no. El robot llamado Nono Cono no era precisamente un robot. Realmente se trataba de un hombre mecánico con la mente combinada de cincuenta hombres especialistas cada cual en una materia, que controlaban desde un inmenso panel cada uno de sus gestos, movimientos, reacciones y palabras. Por sus ojos captaban todo cuanto él veía, y por sus oídos oían.
Primer contacto. ¿A quién habrían enviado ellos ?
 
EL PASO FINAL DEL MÉTODO CIENTÍFICO ES LLAMADO SOLUCIÓN. DE ESTA SOLUCIÓN, SI TODO HA SAUDO BIEN, PUEDEN DERIVAR CIERTOS PRINCIPIOS GENERALES.
 
Ralph Hawtey caminaba nerviosamente por la cámara de evaluación, mirando alternativamente su reloj y fumando lleno de nerviosidad. Los otros estaban sentados en sus sillas, y lo miraban.
—¿Qué está haciendo? —-gruñó por fin—, ¿Dónde demonios está?
Lee Gómez, filósofo profesional y por temperamento, tranquilo y nada inclinado a apresuramientos, repuso:
—Siéntate, Ralph. John está todavía a tiempo. No cabe duda que hace lo que debe. Confía en él.
—Mi opinión profesional, si alguien la desea —terció el doctor Weinstein— es que todos sufrimos de un mal conocido como Delirio de Equipo. Necesitamos una copa.
—No todavía —Ralp Hawley se pasó las manos por el gris cabello—. Y no porque yo no pueda tomar uno...
Continuó caminando nerviosamente. Era psicólogo social y dirigía el Proyecto Contacto.
—¿Dónde demonios está?—insistió.
Una luz roja se encendió.
Un altoparlante anunció:
—John Graves ha entrado en la espacionave. No ha sufrido ningún daño. Informa que el contacto fue amistoso, con algunos inconvenientes. Según instrucciones recibidas, lo hemos enviado a la cámara de evaluación.
Hubo un golpecito cortés en la puerta y fuego ésta se abrió. John Graves entró. Los ojos de todos estaban clavados en él.
—Estoy perfectamente, gracias —dijo—. Pueden serenarse.
Nadie se serenó.
 
John Graves se adelantó hasta Ralph Hawley y anunció sonriendo:
—Todo funcionó como un reloj bien aceitado, Ralph. Supongo que querrás un informe detallado desde el principio...
—No será necesario, John, gracias—repuso Ralph Hawley.
—¿Cómo Yo tenía entendido que...
Ralph Hawley suspiró y extendiendo una mano desconectó a John Graves.
John quedó inmóvil, sin respirar, y la vida desapareció de sus ojos. No estaba "muerto" porque en realidad jamás habla estado con vida.
Ralph abrió la camisa de John Graves, destornilló el pecho y sacó las cámaras, los magnetófonos, los analizadores. Todo.
Copien esto y traigan un informe.
El objetó que era John Graves seguía inmóvil y sin vida en el centro del recinto.
Cuando el ultimo metro de película fue estudiado y todos los datos computados, hubo un sorprendido silencio en el recinto.
—Que me cuelguen! —dijo por fin Ralph Hawley.
Un estallido de comentarios inundó la cámara.
—¡No confiaban en nosotros!
—¡Trataron de engañarnos!
—¡Mandaron un robot teledirigido!
—¡Condenados demonios!
—¡Astutos gusanos!
Ralph Hawley se sentó.
—¿Comprenden lo que esto significa? —dijo.
Los demás lo miraron.
—Intentaron idéntica treta que nosotros —afirmó— O casi idéntica.
—Son nuestros semejantes —sostuvo tranquilamente el filósofo, Gómez—. Cautelosos, mentirosos, inseguros, orgullosos, capaces, astutos...
Ralph Graves cerró los ojos. Los extraños habían enviado un robot teledirigido, y la Tierra había creado para la eventualidad a...
John Graves.
Un organismo humanoide artificial, con veinte anos de experimentación y entrenamiento, que había nacido convencido de que era un hombre, con lo cual no había representado un papel.
 
Un robot y un androide mecánico. Dos representantes de culturas que eran parecidas y se temían.
Dos culturas muy parecidas.   .
—Caballeros —dijo serenamente Ralph Hawley—, los habitantes de Capella IV y nosotros somos idénticos.
La luz roja se encendió. El altoparlante habló nueva mente:
—El coordinador Copa Paco llama desde la nave extraña al comandante Hawley.
Ralph Hawley sonrió duramente.
—¡Ese viejo buitre! —murmuró.
Desde el intercomunicador lo miró Copa Paco y sonrió.
Ralph Hawley lo miró y sonrió a la pantalla.
—Veo que no los hemos engañado —dijo Copa Paco.
—Y tampoco nosotros a ustedes, por lo visto...
—No. Debo reconocer que han sido extremadamente astutos.
—Gracias. También ustedes.
Una pausa.
—Escucha, Ralph —dijo por ultimo Copa Paco—. Esto no nos lleva a ninguna parte. ¿Por qué no vienes personalmente y conversamos con una copa en la mano? Como personas.
Hawley vaciló sólo un instante. Luego asintió.
—Trato hecho —dijo—. Iré personalmente.
Copa Paco sonrió con mayor tranquilidad.
—Ahora llegaremos a algo.
—Te veré dentro de media hora.
Se volvió y miró a sus colegas. Todos reían y se palmeaban mutuamente la espalda. La tensión había desaparecido.
No habían fallado.
Todo iba a solucionarse.
Los demás se reunieron en torno suyo mientras se ponía el traje espacial y se dirigía hada el cohete auxiliar que lo llevaría hasta la espacionave extraña. Todos trataban de estrecharle la mano y desearte suerte. Por primera vez en su vida, Ralph Hawley se sentía completamente feliz y orgullosos de la raza humana.
Antes de salir un ayudante apareció con un maletín, que contenía el licor personal de Hawley.
—Pensé que Paco te había invitado a beber —objetó Lee Gómez—. ¿Por qué llevas tu propio whisky? Ralph Hawley sonrió.
—Un hombre jamás es demasiado cauto en esta clase de juego —dijo, mientras salía y cerraba la portezuela tras él. •
 
 
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