Fenix

  de Clark Ashton SMITH

 
RODIS y Hilar habían trepado desde sus cavernas natales hasta la parte superior de la torre del observatorio. Abrazados, tanto por amor cuanto para darse calor, permanecieron ante la ventana del este, mirando colinas y valles débilmente iluminados por la casi inexistente luz de las eternas estrellas.
Habían ido a ver la salida del sol, un sol que era casi invisible a sus ojos, excepto como un gran disco opaco que cubría con su masa oscura las constelaciones durante su marcha de un extremo al otro del horizonte.
Así lo habían visto durante milenios sus antecesores. Porque por un absurdo cambio de las leyes físicas inesperado e inexplicable para astrónomos y físicos, el Sol se había enfriado repentinamente y la Tierra no había alcanzado a sufrir el tentó proceso de desecamiento experimentado por Marte y otros planetas. Ríos, lagos, mares, se habían congelado en pocos años, en lugar de hacerlo en edades geológicas. Millones de habitantes del planeta habían perecido, en tanto que el resto, con ayuda de los notables progresos científicos de la época, habían podido sobrevivir atrincherándose en un mundo de cavernas artificiales, ramificadas y conectadas entre sí, donde todo el conocimiento de la especie humana quedó concentrado en los sobrevivientes. Poco se perdió, pero poco se avanzó. Todo se redujo a preservar lo ya existente, al amparo de las enormes lámparas solares que brillaban ininterrumpidamente en las inmensas cavernas, dando vida a cosechas, animales domésticos y seres humanos. Pero era la lucha por la conservación de una hoguera a punto de extinguirse. Una lucha destinada al fracaso tarde o temprano.
 
GENERACION tras generación una misteriosa esterilidad había atacado tanto a los hombres como a los animales domésticos conservados, y las mismas plantas languidecían en sus tanques hidropónicos. Ningún biólogo lograba descifrar las razones de esto, pero era evidente que si no se ponía remedio, la vida estaba destinada a desaparecer del planeta.
Tal vez era que ya había pasado el momento de florecimiento y era imposible impedir que el orden natural de las cosas siguiera su curso. La especie humana se ponía rápidamente senil. Y el proceso se aceleraba porque tras millones de años de vivir en la superficie de la tierra, .era algo problemático intentar adaptarse a la existencia en cavernas selladas y herméticas, por amplias que fueran.. .Faltaban elementos que nadie había conocido —luz natural, aire libre, espacios abiertos—, pero que todos añoraban.
 
ERAN los sueños encendidos a través de generaciones de vivir en las profundas cavernas. Una nostalgia que estaba aniquilando a aquellos restos pálidos de humanidad.
Por eso se habían trazado planes producto de la angustiosa situación, y de esto hablaban Hilar y Rodis mientras abrazados miraban el tenebroso paisaje.
—¿Y debes ir?— preguntó Rodis, con los ojos apartados y la voz temblorosa.
—Naturalmente. Es un deber y un honor. Sabes que soy el más joven de los científicos atómicos y pese a esto, estoy en conocimiento de la ubicación exacta y el momento en que deberán estallar las bombas.                              
—Pero... ¿estás seguro del éxito? Es todo tan peligroso, Hilar —la muchacha se estremeció aferrando a su amante estrechamente.
—No estamos seguros de nada, querida —admitió Hilar—. Pero si nuestros cálculos son correctos, los múltiples cambios de los materiales fisionables, que incluyen muchos elementos constitutivos del sol, pueden iniciar una reacción en cadena que restaure la antigua incandescencia solar. La explosión puede ser demasiado repentina, o excesivamente violenta y provocar una nova. Pero es una posibilidad remota, pues semejante estallido implicaría la disrupción instantánea de todos los elementos solares en forma simultánea. Y esto es dificilísimo. Quedó demostrado durante las antiguas guerras atómicas.
 
HILAR hizo una pausa y sus ojos se iluminaron con un fuego interior, de visionario.
—¿No te parece glorioso que se utilicen con fines de regeneración cósmica esas terribles armas de destrucción? Piensa que conservamos desde hace milenios espacionaves y bombas de hidrógeno, y que el vehículo espacial más avanzado, dotado de controles antigravitacionales, se halla en perfectas condiciones. Podremos viajar hacia el Sol.
Rodis escuchaba atentamente, con una emoción que parecía haber dominado sus sentimientos personales, mientras que Hilar continuaba explicándole el inmenso proyecto para dar nuevamente vida al Sol.
Para cualquiera que estuviera de pie en el valle helado bajo el observatorio, la ventana de la torre de observación hubiera parecido un ojo amarillo elevado. desde la muerta Tíerra-hacia el muerto disco del extinguido Sol.
—Pronto podrás venir a esta cámara —predijo Hilar—, y verás un espectáculo que nadie vio durante millares de años. El amanecer. Nuevamente los vientos correrán por los cuatro confines de la Tierra, y florecerán las plantas en la superficie del planeta, y el hombre volverá a la superficie que tuvo que abandonar hace generaciones ...
—¡Qué bello asuena eso!—suspiró la muchacha—. Pero . .. ¿volverás a mí?
—Yo volveré a ti con la luz del sol –prometió Hilar gravemente.
 
LA espacionave Fulgor estaba en una enorme caverna excavada atómicamente en la región que centurias atrás había sido conocida como Monte Atlas. La cúpula de plástico era corrediza y la proa afilada del vehículo interplanetario apuntaba a las estrellas.
Todo estaba listo para la partida. Altos dignatarios del gobierno terrestre —integrado en su totalidad por hombres de ciencia— estaban presentes. Hilar y sus seis compañeros de aventura habían entrado en la sellada cabina y aguardaban.
 
No hubo ceremonia de despedida ni nada que señalara que el destino del mundo dependía de la misión que llevaban aquellos siete hombres. Los que quedaban en tierra se apartaron, buscaron la protección de una cabina transparente, y se dio la señal. Los cohetes flamearon y el Fulgor despegó, primero lentamente, después más rápido, hasta acelerar al máximo y desaparecer en la noche.
Rodis, desde la torre que compartiera tantas noches con su amante, miraba, los ojos llenos de lágrimas y el corazón oprimido.
A bordo de la espacionave no había días ni noches. Tan sólo horas larguísimas y luz de estrellas que, inmutables, miraban desde afuera.
Los siete tripulantes eran muy parecidos, como correspondía a los últimos seres humanos de la Tierra, descendientes de antepasados comunes en su mayor parte, con una mezcla de sangre latina, semita, camita y negra. Físicamente eran delgados, de estatura mediana, rasgos delicadísimos y aspecto frágil. Hablaban una combinación de español, italiano, árabe y griego.
 
EN otras cavernas diseminadas por el resto del planeta, había distintas mezclas étnicas. Contacto radial y televisivo había permitido durante siglos mantener un intercambio de ideas y preservar el concepto de unidad racial de la especie humana, pero en el último siglo todo había cesado. Indudablemente algunas cavernas habían quedado despobladas, otras probablemente habían vuelto al salvajismo, provocado por el largo aislamiento y la falta de incentivos. La cuestión era que la antorcha de la civilización ardía solamente en las cavernas mediterráneas.
 
EL Fulgor seguía adelante, pero para sus tripulantes parecía hallarse inmóvil, como un largo cigarro sumergido en las tinieblas de un recinto hermético, tachonado de puntos brillantes que eran las estrellas.
Hilar comenzó pronto a experimentar extrañas sensaciones, como si aquello que hacía fuera algo que ya había hecho anteriormente. ¿Acaso él y sus compañeros ya habían realizado semejante hazaña, encendiendo en otras épocas olvidada, soles extinguidos para que distintas humanidades pudieran, vivir? ¿Había habido siempre una Rodis esperando su regreso?
 
ESTAS extrañas ideas eran comentadas solamente con su ayudante personal, Han, el segundo de a bordo, quien compartía su extraño misticismo.
Pero las conversaciones versaban generalmente sobre temas científicos. La espacionave transportaba varios centenares de bombas de increíble potencia heredadas de antiguas guerras. No solamente de hidrógeno, sino de calcio, azufre, de potasio. magnesio, de bario. En la cumbre dé su locura bélica muchas veces las naciones habían utilizado algunas de estas bombas, pero jamás todas. Era seguro que su estallido simultáneo provocaría una reacción en cadena.
Hilar y Han contaban con colocarlas estratégicamente en la esfera solar, en depósitos donde pudieran hallarse en cantidad los mismos elementos constitutivos de las bombas. De esta manera se iniciarían reacciones en cadena en todo el extinguido astro, devolviéndole la luminosidad perdida.
 
LAS bombas tendrían, naturalmente, dispositivos de tiempo que permitirían a tos astronautas despegar y alejarse antes de que fueran activadas. Si todo salía como había sido calculado, el Fulgor estaría ya muy cerca de la Tierra en el momento de iniciarse la reacción en cadena.
Según las teorías científicas entonces en boga, el interior del Sol mantenía una intensa actividad, visible de tanto en tanto por las monstruosas erupciones que se producían en su superficie. Ahora que el Fulgor estaba aproximándose a su disco opaco se veían puntos rojizos en el tenebroso cuerpo celeste, semejantes a ojillos malévolos que miraran con odio a los astronautas. Eran volcanes en intensa actividad.
Por fin la tremenda atracción solar actuó sobre la espacionave. El Fulgor pareció aferrado por manos invisibles y comenzó a caer. Los magnetos antigravitacionales actuaron casi al mismo tiempo, frenando el descenso suavemente. Pero no deteniéndolo, como había sido la intención de los tripulantes.
—Algo marcha mal —anunció Sybal, el radionavegador—. No puedo controlar la nave.
 
LOS cohetes desaceleradores ayudarían algo, pero no sería suficiente —agregó el segundo navegante, Samac—. Estamos demasiado cerca.
Todos se miraron consternados. Sabían que la misión estaba a Punto de fracasar. Que e1 fracaso significa la muerte de todos era lo menos importante. Sena la muerte de las esperanzas que desde la Tierra seguían el recorrido del cohete.
—¿Cuánto tiempo nos queda? —inquirió repentinamente Hilar.
—Alrededor de dos horas.
—Activen al máximo los cohetes —ordenó Hilar. Luego miró a su ayudante, que asintió con la cabeza. Sin hablar se dirigieron at enorme depósito de las bombas disruptoras y cerraron tras ellos.
Luego, metódicamente, comenzaron a preparar cada una de las bombas para que estallara al tocar la superficie del Sol.
—Una bellísima reacción en cadena, ¿eh, Hilar? —trató de bromear Han.
—Lástima que no la veremos —repuso el jefe de la expedición, sin dejar de trabajar.
 
LA atracción solar, que aumentaba cada vez más, hacía sus movimientos pesados y difíciles. Por fin concluyeron de preparar las bombas y con un esfuerzo hercúleo llegaron hasta dos asientos frente a un portillo de observación. El globo solar parecía haber crecido y cubría todo el campo visual. Las luces rojizas de los volcanes en erupción iluminaban un paisaje fantasmagórico, con montañas inmensas y profundos precipicios, capaces de albergar planetas en su interior.
En el centro de este escenario ardía un volcán gigantesco, el único que había sido visible a simple vista desde la Tierra. Y hacia allí se dirigía la espacionave.
 
HILAR y Han no oyeron ya el zumbido del cronómetro que señalaba los escasos minutos que faltaban para el fin. Ya nada faltaba hacer, todo estaba preparado. Y frente a ellos, se acercaba la eternidad.
La velocidad del descenso era fácilmente comprobable por el aumento de tamaño del paisaje solar, la aparición de nuevos accidentes geográficos de menores dimensiones, las anfractuosidades cada vez más visibles.
El Fulgor se dirigía hacia el cráter flameante de uno de los volcanes en erupción. Cada vez más velozmente, impulsado por una gravedad monstruosa, imposible de dominar.
En el último instante el portillo de observación donde estaban apoyados Hilar y Han, quedó por completo cubierto por las altas llamas del volcán.
 
Luego, sin ojos para ver ni oídos para captar la explosión, todos los tripulantes del Fulgor formaron parte de la pira ígnea que en sus llamas permitía que el Sol, como un ciclópeo Fénix, renaciera de sus cenizas.
 
RODIS, en lo alto de la torre, tras un período de inquieto sueño, poblado de horribles pesadillas, vio cómo el horizonte se coloreaba de rojo y el globo solar incandescente comenzaba a aparecer sobre la tierra helada.
El espectáculo la sobrecogió, pese a que su gloria quedaba algo velada por las inmensas nubes de aire solidificado que se licuaban y luego adquirían su antigua contextura gaseosa. Era la vida, sus pendida durante milenios, que volvía por sus fueros Pese a que las paredes de la torre estaban aisladas térmicamente, Rodis alcanzó a captar, más que sentir, el tibio calor de los rayos solares, portadores de su mensaje universal.
 
SU corazón se conmovió ante el espectáculo. Pero junto con la maravilla y la alegría, surgió en ella una pesadumbre profunda, inenarrable. Porque Hilar —ella lo sabia sin necesidad de que se lo dijeran— nunca volvería a su lado. Excepto tal vez en ese rayo de luz que llegaba ahora, en el tibio contacto de calor vital que él había logrado reactivar. Y en su recuerdo de las palabras dichas durante la despedida había más amargura que tibieza.
Porque había sido cierto. Hilar volvía a ella con la luz del Sol.   Como el Ave Fénix. •
 
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