Kasper Hauser
Kasper Hauser – El hombre que vino de la nada.
Se ha hablado bastante de desapariciones de personas y objetos desde hace mucho tiempo en distintos lugares del planeta. Nadie pudo dar explicación alguna y se ha hablado de raptos por parte de extraterrestres, de entidades desconocidas de esta u otra dimensión o mundos paralelos.
Pero también hay una gran cantidad de datos e historias milenarias de personas, animales y objetos que han aparecido y nadie sabe de donde ni como vinieron. Los pocos que pudieron comunicarse dijeron provenir de otro mundo o dimensión, otros simplemente por ser distintos fueron muertos por asustados terrestres y es posible que sean los orígenes de las leyendas de los monstruos mitológicos.
El siguiente relato que data de 1828, época en que no se hablaba de los extraterrestres y sus platos voladores, presenta un extraño caso de un hombre que vino de la nada.
Era verdaderamente rarísimo —tal como decían las autoridades— ese Joven que actuaba como si acabara de caer de algún otro mundo...
Estaba junto a la puerta nueva que da entrada a la ciudad de Nuremberg, Alemania, cuando un celoso guardián lo vio por primera vez. Sus ropas eran limpias, pero andrajosas. El guardián informó a sus superiores que lo primero que le había llamado la atención era la dificultosa manera de caminar del muchacho, como si padeciera de alguna deformidad que lo obligara a renguear. Tenía los pies enormemente hinchados, y sus ojos trataban de evitar la luz...
El inquisitivo guardián quiso interrogar al muchacho; pero no sacó nada en limpio, ya que no hacía más que repetir, una y otra vez:
—¡Yo quiero ser soldado, como mi padre!
Pero la frase no parecía expresar una determinación, sino que sonaba más bien como un estribillo... como si el curioso muchacho que la pronunciaba se limitara a recitar unas palabras cuyo sentido ignoraba.
El guardián lo condujo a la comisaría, donde el alcalde y otras personalidades locales se reunieron para observar e interrogar al extraño forastero. Con el mismo tono monótono, el muchacho continuaba repitiendo que quería ser soldado como lo había sido su padre.
¿Su nombre? Era evidente que no comprendía lo que le preguntaban, y miraba asombrado. Pero cuando le pusieron una pluma en la mano, rió nerviosamente y con letra bien legible. escribió: KASPER HAUSER...
Y no pudo, o no quiso escribir nada más. Pero aquella serena tarde del lunes de Pentecostés de 1828, el extraño joven escribió el nombre que marcaría el comienzo de un rompecabezas que hasta hoy continúa sin solucionar.
Cuando le sirvieron de comer tomó la comida con las manos y se la llevó a la boca como si estuviera famélico. El jarro de leche fría que se le ofreció era algo que evidentemente no había visto nunca antes y lo rechazó; en cambio bebió un vaso de agua, pero no sin haberla probado antes con el dedo.
Al caer la tarde, cuando los desorientados ediles de la ciudad de Nuremberg aun estaban sin saber qué hacer con su enigmático visitante, éste les presentó dos piezas más del rompecabezas: dos cartas envueltas en un trapo, que guardaba en su, andrajoso chaleco. Una de esas cartas decía ser de su madre, estaba fechada dieciséis años antes, y rogaba a quien encontrara al muchacho que lo enviara a Nuremberg cuando tuviera diecisiete anos para que pudiera alistarse en el Sexto Regimiento de Caballería al cual según la carta, había pertenecido el padre de éste.
La otra misiva estaba bastante mal escrita y decía ser de quien había encontrado al muchacho y lo había cuidado, pero no podía continuar manteniéndolo.
Para mayor rareza, ambas cartas estaban escritas en una especie de cuero o pergamino nada familiar para las autoridades de la ciudad.
Kasper Hauser, si ese era realmente su nombre, pasó su primera noche en compañía del hombre más culto de la ciudad, el doctor Daumer, a quien no tardó en sorprender por el empeño que ponía en apoderarse de la llama de la vela. Observaciones posteriores demostraron que aún cuando se hallaba en plena posesión de sus facultades, sus percepciones no se habían desarrollado y podían ser consideradas como las de un niño de corta edad.
Las condiciones en que se encontraban sus pies y sus piernas demostraban que había debido caminar una enorme distancia; pero no pudo encontrarse a nadie que lo hubiera visto por los caminos. Se ofreció una recompensa para quien pudiera identificarlo y se distribuyeron retratos suyos por toda Europa, pero no se obtuvo ningún resultado. Mientras mayores eran los esfuerzos de las autoridades para aclarar la personalidad de Kasper Hauser, mayor era también el misterio que lo envolvía. Bajo la bondadosa y paciente tutela del doctor Daumer, Kasper Hauser aprendió rápidamente, primero a hablar y luego a escribir. Cuando pudo expresarse contó que desde su infancia había crecido en la completa oscuridad de un sótano... que jamás había conocido otro alimento que no fuera pan negro y agua... y que en la oscuridad, nunca pudo ver quién le llevaba ese alimento. Poquísimas veces había oído hablar, y sólo muy pocas palabras en cada una de esas rarísimas ocasione. Pero no tenía la menor idea de cómo, ni por qué, ni dónde había pasado aquellos años. En octubre de 1829 salió tambaleándose del subsuelo de la casa del doctor Daumer, con una sangrante herida en la cabeza, la cual, según dijo, le había sido inferida por un enmascarado que lo atacó con un largo cuchillo. Como consecuencia de ese atentado, las autoridades designaron dos agentes de policía para que lo custodiaran... pero en la tarde de 14 de diciembre de 1833, en un momento en que los agentes se durmieron, Kasper Hauser cruzó la Calle y se fue a pasear por el parque. Unos minutos después regresó de ese paseo casi sin poder tenerse en pie... muriendo a consecuencia de una puñalada que, según los cirujanos, no pudo habérsela inferido él mismo. El parque estaba cubierto de nieve, más a pesar de ello no se encentraron más huellas que las del mismo Kasper Hauser. Del arma, nada se supo.
Los hechos que integran el enigma de Kasper Hauser están bien documentados y figuran en los archivos como uno de los más extraños en su género.
A propósito de él. Von Feurbach ha escrito: "Kasper Hauser mostraba tal ignorancia de los hechos más simples de la vida y tal horror a las exigencias de la civilización... que uno se siente forzado a creer que pertenecía a otro planeta desde el cual llegó al nuestro por quién sabe qué milagro." •
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